La lectura panorámica. Leer en voz alta es fundamental para el discurso

La lectura panorámica. Leer en voz alta es fundamental para el discurso

Es un ejercicio que suelo hacer a diario. Sobre todo en otros idiomas. El francés y el inglés, para no perder el acento y el alemán para obtenerlo. Es tan difícil pronunciar todas las consonantes y los diferentes tipos de vocales en alemán, que creo llevar ganada una buena cuota para acceder a uno de los lugares más soleados del cielo. De paso, me sirve para entonar y ser consciente del ritmo; en cada idioma y también en el mío propio, además de ejercitarme en la lectura panorámica. Fundamental para un actor o cualquier persona que deba hablar con cierta asiduidad a un público.

Aunque parezca mentira, hay bastantes actores que no saben leer en voz alta. No hay costumbre; ni en las escuelas de primaria, ni tampoco en la de actores, lo cual es un error bastante grande. Me refiero, por supuesto, a leer textos que no sean los dramáticos que posteriormente deban interpretar. Ello no significa necesariamente que sean malos actores, pero estoy seguro que les costará más su trabajo posterior en escena. Empezando por la memorización. Siempre hay que aprender los parlamentos en voz alta.

No hace falta que leas en otros idiomas (sería lo ideal) sino que lo hagas en el tuyo, que es el mío, todos los días 10 o 15 minutos. Para empezar, textos sin demasiadas complicaciones, periodísticos sobre todo, y textos literarios, preferentemente novelas fáciles o manuales de historia, filosofía, etc. La poesía, mejor dejarla para cuando estés bien entrenado. Es muy peligroso leer poesía, tanto con rima como sin ella, al principio.

Te recomiendo que leas textos no muy largos. Más bien cortos para poder repetirlos unas cuantas veces. Las primeras lecturas deberán ser muy técnicas, incluso mecánicas. Me refiero a que tu atención deberá concentrarse solo en las pausas; comas, puntos, puntos suspensivos, atendiendo mucho a tu respiración. Si las frases son cortas, mejor. Lo que no te aseguro es que los textos estén bien puntuados, pero ese no es problema tuyo. (Más de una vez he leído alguna novela de novelista famoso horriblemente puntuada). En una tercera o cuarta relectura, es muy conveniente que intentes unir varias frases cortas sin perder la entonación ni el sentido.

Básicamente la puntuación deberá tener muy en cuenta la respiración y los matices. Hay actores que no son capaces de decir una frase larga, porque no están entrenados en la respiración ni en la lectura panorámica. Llegan con la lengua fuera al final o no tienen más remedio que hacer una pausa en medio. Si esa pausa la hacen bien, no hay ningún problema. El problema surge cuando lo hacen mal y a destiempo, nunca mejor dicho.

Y aquí entra la lectura panorámica, como la llamo yo, que es una lectura anticipatoria. Es decir, mientras mi boca pronuncia una frase, mi cerebro está leyendo la siguiente o, incluso, el párrafo entero, con lo cual es muy difícil que se pueda perder el sentido global. Una cosa es el significado de una frase en concreto y otra muy distinta el sentido de una párrafo o un texto que está construido a partir de los significados de cada frase. Ojo que digo a partir de y no la suma de. El sentido está constituido por la manera en que los significados se contaminan modificándose mutuamente.

Estar habituado a la lectura panorámica o anticipatoria me sirvió muchísimo en mi último casting. Fue hace poco en Sevilla, con una pareja de directoras de casting madrileñas, que hoy por hoy son las que cortan el bacalao en la profesión.

Me habían mandado la separata en la que tenía que interpretar a un juez que interroga a un asesino. Todo muy normal. Una pequeña charla para atemperar los nervios (forma parte del protocolo) un pase para calentar motores; una de ellas me daba la réplica, mientras la otra preparaba el plano y todo preparado para la toma. Todo fue muy bien. Quedaron muy satisfechas. Eso se nota en la cara.

Y ahora viene la sorpresa con la amable trampa que me tendieron. Me dijeron que si no me importaba leer en voz alta un texto que me pasaron en un folio. Nada más entregármelo, iniciaron una conversación insustancial, no me acuerdo sobre qué. Fue después cuando me percaté de que la jugada consistía en que no pudiera hacer una lectura previa.

El texto era horrible. Un notario que leía un documento jurídico, muy técnico y alambicado, cuando de pronto, el texto dice: “¿Pero, qué coño es esto?” Fue leerlo y una sonrisa amplísima inundó sus caras. Lo había clavado. Eso es exactamente lo que me dijeron. La lectura panorámica me había ayudado. Mi cerebro, acostumbrado a la anticipación, había leído previamente la pregunta, antes de que yo llegara a ella de tal forma, que no la leí realmente, sino que, llevado por un automatismo, se la formulé directamente a ellas. ¿Pero qué coño es esto?

El cerebro es más rápido que la vista pero, si además está entrenado, ni te cuento.

Me dijeron que iba a tardar en saber el resultado del casting porque el director de la película estaba rodando un documental en Nueva York. Es posible que me elijan e igualmente es posible que no. Son muchos los factores que intervienen en la elección de un actor para un papel. Con el tiempo, he aprendido que hacer un buen casting no significa que te elijan. Lo puedes hacer muy bien, pero el perfil requerido no es exactamente el tuyo. A lo mejor el director busca un juez apocado, bajito y calvo y yo soy calvo, pero no soy bajito ni apocado. Es duro pero es así. A lo mejor el director me elige a mí, pero el protagonista con el que tengo que hacer la escena se cae. El director tiene que coger a otro actor y su imagen no concuerda bien con la mía. Entonces quien se cae soy yo…Así es esta profesión. Solo estoy seguro de una cosa. Las directoras de casting seguirán llamándome para pruebas o directamente para hacer un papel como sucedió con La isla mínima.

¿Realizas con asiduidad la lectura panorámica?

 

¿Sueles leer en voz alta?

 

Gestionando el caos a la hora de preparar un discurso

Gestionando el caos a la hora de preparar un discurso

Lo predecible y lo imprevisto

El caos, palabra de origen griego para variar, tiene una mala fama inmerecida. Todo el mundo ha oído la metáfora de que el vuelo de una mariposa en un lugar del mundo puede ocasionar un tsunami en su antípoda, lo cual ha producido cierto malentendido con la pobre mariposa a quien ya no se la ve como ese insecto volátil, cromático y alegre que anuncia la primavera, sino más bien como un presagio negro de alguna catástrofe. Pues no. No hay que exagerar. La mariposa seguirá siendo un animalillo bellísimo, dicharachero y polinizador, que dará origen a muchas plantas que producirán flores que ofrecerán sus cálices y sus pistilos a otras mariposas para que la creación prosiga su irremisible curso hasta el fin de los tiempos que no tienen fin. Y si de vez en cuando se produce una tempestad, es porque el mundo gira, la mariposa vuela, el orden tiene sus reglas y el caos sus imprevistos y encima se llevan bien porque, en contra de lo que pueda parecer, todo forma parte del Todo.

Los griegos lo tenían muy claro. No solamente ponían en pie de igualdad Eros, pulsión de vida, y Tánatos, pulsión de muerte, sino también Orden y Caos como elementos imprescindibles y complementarios de la Armonía. Sabían perfectamente que el caos no es sólo cosa de físicos-matemáticos con sus alambicadas teorías acerca de las catástrofes, las incertidumbres, las incompletitudes, los relativismos y las realidades cuánticas, sino que nos pertenece a todos, empezando por los artistas, siguiendo con los actores y acabando en los discursos y toda la gente en general con nuestras vidas monótonas y cotidianas hasta que surge lo imprevisto. Caos es lo imprevisto, lo impredecible, la sorpresa que acecha al doblar la esquina. La vida.

Por eso como director, cada que vez que voy a un ensayo pertrechado con mis esquemas y seguridades, mis planos de movimientos, mis ideas sobre los conflictos y las actitudes, debo reservar una parte importante de mi alma a los benditos imprevistos.

Houston, el gran director de cine americano, decía que muchas veces, al plantear una situación determinada a los actores, estos solían casi siempre mejorar sus planes.

Es muy importante no encerrarse en los esquemas previos. Hay que estar abiertos a la sorpresa, a las equivocaciones. Son un material magnífico. Puedo asegurar que el ochenta por ciento del montaje de Calígula se lo debo a los imprevistos. Un actor que, en vez de colocarse en el sitio prefijado, se equivoca y, al equivocarse, acierta. Esa actriz que, en un momento determinado de su parlamento, carraspea o tose y esa acción espontánea se convierte en un registro más para el personaje.

De la idea inicial de un Calígula que sale por primera vez a escena empapado por la lluvia, después de vagar tres días desconsolado por la muerte de su hermana y amante Drusila,  a la escena donde habla con Helicón de que su gran misión es coger la Luna, esta empezó a desarrollarse de un modo tan imprevisto y sorprendente que ha vehiculado todo el montaje. O la vez aquella en que una actriz apareció con un foulard rojo y originó toda la estética del montaje cargándose dicho color de multitud de significaciones.

Un director debe llevar consigo una buena antena parabólica para captar los detalles imprevistos, las equivocaciones preñadas de sentido.

Lo mismo ocurre a la hora de preparar un discurso. Uno debe preparar el discurso para dejar que el propio discurso tome las riendas. No es bueno ir con unos esquemas demasiado rígidos porque entonces no podremos abrir las puertas al azar, al caos.

Es más, a veces, es mejor no tener nada preparado de antemano, jugar con la indefinición y la incertidumbre, dejarse inundar por el caos, que este se adueñe de todo, a condición de seguir andando y controlar la impaciencia.

Lo peor de la página en blanco, no es la página en sí, sino la impaciencia por escribir algo. Ayudar a controlar la impaciencia del actor por sacar el personaje o del orador por tener cuanto antes un discurso, es labor del director y del coach.

Porque, normalmente, cuando el actor está nervioso e impaciente por tener a su personaje, suele cargarse de sentido, de significado. A todo le quiere buscar una explicación. Muchas veces el director debe rehusar las explicaciones, que sólo hacen entorpecer  al actor y enterrarlo bajo la pesada losa de la sicología. Yo no soy muy dado a dar explicaciones sobre los personajes o las minimizo cuanto puedo. Tampoco me gusta fijar un esquema de antemano en un discurso. Es mucho mejor dejarse llevar por ideas inconexas al principio, acogerlas con benevolencia y dar un tiempo a que ellas mismas, de un modo imprevisto, se vayan relacionando y estableciendo sus jerarquías y prevalencias. Llegará un momento en que todo se ordene de forma, podríamos decir, milagrosa. No hay ningún milagro. Es el caos que por abajo nos ha estado trabajando sin nosotros saberlo y que en un momento dado, sin prisas pero sin pausas, ha salido a la superficie y se ha puesto, por fin, una cara en la que reconocernos.

¿Cómo gestionas el caos?

El director y el coach deben desaparecer una vez acaba su labor

El director y el coach deben desaparecer una vez acaba su labor

El trabajo invisible.

En teatro, como en arte, no cuenta el proceso sino el resultado. En un discurso sucede lo mismo. Por eso, desde mi punto de vista, es muy necesario un trabajo continuado y persistente por parte del director que quede oculto tras el resultado, sea el estreno de una obra o un discurso. El director y el coach deben desaparecer una vez acaba su labor. Un trabajo invisible. Pero antes no deben dejar nada a la improvisación para que el actor o el orador se sientan cómodos y conscientes de que han hecho todo lo posible. Un trabajo exacto y preciso, en el espacio y en el tiempo. Tan malo es subirse a un escenario sin los ensayos necesarios como lo contrario, con más ensayos de la cuenta. Ese es uno de los cometidos más importantes en un director, saber cuándo la obra está lista, o de un coach, percatarse de cuándo un discurso no requiere más trabajo. No dejar nada a la improvisación significa, aunque parezca contradictorio, estar preparado para la sorpresa, para el azar. Cada representación es distinta. Cada vez que se pronuncia un discurso, aunque sea el mismo, uno debe adecuarlo siempre al público que tiene delante.

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Menos es más o cómo ser natural y no morir en el esfuerzo

Menos es más o cómo ser natural y no morir en el esfuerzo

Vamos a empezar por la palabra final del título, esfuerzo, porque de esa palabra arranca todo. Ser natural en la actuación o en un discurso significa que el público no debe notar ningún “sudor”. “Se le ve que está forzado” suele decirse de un actor o un orador que se empeña en no ser lo que es o no estar como debería. Pero ¿qué es ser natural? Si no conozco al actor o al orador, ¿cómo sé que actúa o se dirige a mí con naturalidad? Ahí está la madre del cordero. Menos es más. El público es un organismo vivo, muy sensible, que detecta con una intuición prodigiosa cuándo un actor le está mintiendo mal, cuándo un orador no es lo que dice o aparenta ser. El público es un observador muy fino de lo falso y lo impostado, de la exageración y del esfuerzo por querer agradar.

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El tiempo a tu medida, el ritmo en el discurso

El tiempo a tu medida, el ritmo en el discurso

Existe un tiempo cronológico, objetivo, exacto para todos, aquel que con precisión pasmosa marcan los relojes digitales de última generación y existe un tiempo interno, personal e intransferible que pertenece a una sensación subjetiva, a una impresión íntima: “La conferencia ha sido muy larga” o “¡Qué corta se me ha hecho la obra!”. Nunca nada durará lo mismo para cada subjetividad, pero hay que intentar elaborar un discurso o montar una obra de teatro para que el público no sea consciente del tiempo. Un tiempo a medida del no tiempo, un tiempo que evite que el espectador mire el móvil, al techo o se remueva en la butaca. Entonces el tiempo se convierte en ritmo, el discurso en torrente y la obra en espectáculo. Es decir, se trata de crear el tiempo a tu medida y a la del oyente en el discurso.

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Romper el espejo de lo previsible en un discurso

Romper el espejo de lo previsible en un discurso

Historia de un debate televisivo

 

Voy a arriesgarme un poco con la siguiente afirmación. Crear significa arriesgarse y arriesgarse implica romper de vez en cuando todos los espejos. Tener un punto de originalidad es suficiente. No hace falta ser rabiosamente original porque, entre otras cosas, es imposible. De la misma forma que la energía no se crea ni se destruye sino que se transforma, en arte nada se crea de la nada. En cierta manera todo está ya dicho pero… son tan importantes los matices, las combinaciones. En el fondo, cualquier innovación no deja de ser una variación sobre algo que ya existe.

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