Fotografía de Ester Rodríguez (Mediteatro)

Mens vacua in corpore sano

 

El teatro tiene una serie de leyes no escritas que deben ser respetadas en orden a controlar el miedo escénico si no queremos atraer sobre nosotros la furia de los dioses. Una de ellas es no usar jamás el amarillo en la ropa (Molière llevaba una túnica amarilla cuando murió representando: “El enfermo imaginario”, qué ironía). Otra es que, a partir del estreno, el escenario deja de ser un escenario y se convierte en una pista de despegue. Volar no es sólo para pájaros. Lo es también para aquellos buenos actores que, tras ensayar arduamente, han conseguido sentirse impunes e inmunes (ver el vídeo), es decir, ligeros y libres. ¿De qué?

De los pensamientos. Los pensamientos pesan. Pensar y pesar tienen una base común en latín, pensare que significa justamente “pensar, pesar, sopesar”.

Se piensa porque se tiene miedo y también al contrario, se tiene miedo porque se piensa. Lo ideal, a la hora de subirse a un escenario o pronunciar un discurso sin papeles, es no tener miedo, no pensar en nada. Cosa bastante difícil, por no decir casi imposible.

Bien, seamos entonces realistas. Reduzcamos al mínimo los pensamientos y el miedo. ¿Cómo controlar el miedo escénico y no pensar?

Una vez que se ha trabajado el discurso y se tiene la conciencia plena del deber cumplido, habrá que ejercitarse en lo que yo llamo: “Prácticas amenas para atiborrarse de vacío”. Su objetivo consiste básicamente en descargarse del sobrepeso de la conciencia y de los nervios. Para ello nada mejor que acudir a mi experiencia personal. ¿Qué es lo que hace este actor-coach?

  • Deporte. Muy aconsejable. Yo practico tres a la semana; la marcha rápida, el nado y, sobre todo, el pimpón. Los dos primeros, basados en la monotonía, son magníficos para ejercitar la memoria y la creatividad. El pimpón es lo mejor que he encontrado para el olvido absoluto. Ten en cuenta que la pelotita se traslada a una velocidad de más de cien kilómetros hora en el reducido espacio de 2,74 metros. Exige una concentración máxima. Conclusión; no hay tiempo para pensar en nada. Mens vacua in corpore sano, digo yo en versión libre del dicho latino. Ni que decir tiene que, mediante la práctica habitual, estás entrenando en mantener la mente vacía, además de conseguir la musculatura de un tigre a punto de cazar a un pobre cervatillo. (A mí me viene muy bien el pimpón cinco minutos antes de entrar al escenario. Recito como un mantra las primeras palabras del personaje mientras recuerdo algunos lances del juego. Disociar el texto con imágenes que no tienen nada que ver es mano de santo).
  • Respiración profunda. Sin meditación trascendental ni oriental ni nada por el estilo. No hace falta. Ahora bien, si lo sabes hacer en la posición de “langosta china que mira flor japonesa”, miel sobre hojuelas. Yo todos los días, haga frío o calor, me siento en una silla del patio y hago respiración profunda. Diez minutos. Procuro que el aire no se quede en el pecho y baje lo más posible hacia el vientre. Muy indicado también para soportar largas colas. Lo que significa que si no tienes cinco minutos para estar solo, puedes profundizar discretamente en la respiración de la langosta mientras estás sentado esperando que te llamen para hablar. Te puedes entrenar viendo un Madrid-Barcelona con todo el bar hasta los topes. Yo lo he hecho y es hasta sano.
  • Una vez que llego al teatro con hora y media de antelación, voy al camerino y reviso minuciosamente la ropa y los objetos que debo utilizar. Después me siento y le doy un buen cepillado a los zapatos (es de una importancia capital tener los zapatos limpios) mientras empiezo suavemente a cantar. Es mi manera de calentar la voz. Sé, por supuesto, que hay multitud de ejercicios buenísimos y específicos, pero a mí me aburren soberanamente porque son un coñazo. Al cantar durante el tiempo de espera, no solo caliento la voz sino que también creo dentro de mí una atmósfera alegre y optimista. Si el personaje es profundo y denso con más razón aún. (Recuerdo la cara de estupefacción de un gran director cuando llegaba a los ensayos cantando para interpretar a Fausto. Yo le decía que si viniera de casa con el personaje puesto, posiblemente me suicidaría antes de llegar al estreno). A veces acompaño el canto con pasitos de baile para estirar músculos. “Cantando bajo la lluvia” es un tema muy adecuado para bailarlo en el pasillo. Así charlando de vez en cuando con los técnicos y los compañeros llego sano y salvo a los diez últimos minutos previos. Entonces me recluyo en mí mismo, elijo mi canción preferida, pienso en algunos lances del pimpón y entro al escenario.

¿Qué métodos o estrategias utilizas para salir al escenario y controlar el miedo?

¿Prefieres pensar o no pensar?

Nos encanta leer tus palabras