Ejercer la escritura con cierta frecuencia conlleva un gran peligro: las faltas de ortografía. Si se trata de simples erratas como, por ejemplo, una grafía de más, no ocurre nada (se permite y se entiende), pero ¿cómo se pueden corregir los errores ortográficos cuando se ha perdido el control del escrito?

Si el documento no se puede reeditar (correos electrónicos, libros impresos -autopublicados o no-, artículos o exámenes) podemos decir:

¡Houston, tenemos un problema!

Hay varios tipos de errores ortográficos:

  • Las que se cometen por desconocimiento. Estos casos son fácilmente reconocibles, pues en un mismo párrafo se puede encontrar un gran número de errores.
  • Las que se cometen por las prisas. Hoy exclusivamente me refiero a la rapidez en la escritura y no incluyo a la que se realiza a través del móvil (véase la escritura peligrosa). Por prisas entendemos la urgencia en el proceso de escritura, el estar más pendiente del contenido y de las ideas que de la forma que adquieren, la falta de revisión, las jugarretas de los correctores automáticos, el teclado…

Por ende, hay dos clases de personas (exceptuando a las que no han tenido la opción de formarse, que en este sentido nada digo ni nada juzgo):

  • Aquellas a las que les da igual cometer faltas de ortografía, lo ven razonable, y no se preocupan por corregirlas.
  • Aquellas que, cuando advierten que han cometido un error, van enseguida a solventarlo y a pedir disculpas por ello. Además se enfadan y se castigan por el descuido ortográfico.

Recuerdo un examen de los primeros años en la Universidad de redacción periodística. El examen era en el aula de informática y teníamos una hora para volcar los datos estadísticos (la cosa más aburrida del mundo) en la noticia que debíamos escribir. Me equivoqué en el enfoque del titular y tuve que rehacer el texto en los últimos diez minutos.

Resultado: suspenso. Fui a la revisión y el profesor me dijo que estaba suspensa por haber cometido dos faltas de ortografía: un ha del verbo haber sin “h” y una “b” cuando lo correcto era una “v”. No eran errores por desconocimiento, sino por las prisas y por el teclado del ordenador, ya que había que comerse una buena hamburguesa para pulsar con ímpetu sus teclas.

Le dije que lo entendía perfectamente, que había cometido dos faltas y que merecía estar suspensa. Mi nivel de exigencia siempre ha sido alto en la ortografía. El profesor leyó mi otro examen escrito, el de teoría. Eran 15 páginas y no había ni un error. Entonces, afirmó: “No eres persona de cometer faltas y la mayoría de estudiantes que suspendo por errores ortográficos tienen más de 10 fallos en una misma página”. Aun así, le insistí en que me lo merecía.

Resultado: me aprobó, pero el enfado conmigo misma fue apoteósico. Incluso a día de hoy tengo pesadillas con esas dos faltas. ¡19 días y 500 noches tardaré en olvidarme de las susodichas!

Si el escrito se puede reeditar, lo mejor es solventar el error en cuanto se advierta (en el blog, en los comentarios o en las publicaciones de las redes sociales).

Cuando no existen posibilidades de corregir los errores ortográficos, se debe:

 

  • Revisar el escrito todas las veces que sean necesarias antes de entregarlo y siempre que sea posible dárselo a alguien para que lo examine con lupa, ya que el peor corrector es el propio autor.

  • Mirar recursos digitales como el DRAE o la Fundéu para consultar cualquier duda que pueda surgir.

  • Copiar el texto en un procesador de textos que tenga un corrector virtual (no son muy buenos, pero algunos fallos sí que detectan).

  • Acudir a los profesionales de la corrección ortográfica y estilística para asegurarse de que no haya ningún error.

A Borges se le atribuye el hecho de que publicaba para dejar de corregir. El proceso de corrección puede ser como la historia interminable y el cuento de nunca acabar (todos juntos y revueltos).

No obstante, no siempre se detectan los fallos a priori, sino que se advierten una vez que se ha realizado la acción. En este caso ya se sabe lo que dice el dicho:

¡Rectificar es de sabios!

Si se trata de un examen, poco se puede hacer una vez que se ha entregado. Las cosas como son. Salvo dedicarle los últimos minutos a la revisión.

Si se trata de un correo electrónico a un cliente o proveedor, lo mejor es reenviar otro pidiendo disculpas a la par que se aprovecha para corregir la falta cometida.

Si es un comentario en un blog ajeno o en alguna plataforma digital, lo aconsejable es rectificar justo debajo del comentario en el apartado de respuestas. Sería como la “Fe de erratas” en la prensa diaria. También otra opción es escribir a los administradores de la página para que eliminen el comentario o solventen el error.

Si es un libro autopublicado en plataformas como Amazon, he estado investigando el asunto y he aquí el gran error de esta plataforma: una vez que se ha publicado no hay opción de reeditar el documento. En estos momentos hay tres posibilidades:

  1. Lo dejas tal y como está. El público, si el libro es asequible en cuanto al precio, no le da demasiada importancia, pero los comentarios negativos suelen doler bastante y hacen mucho daño al ego del escritor y al de cualquier persona, ¡para qué nos vamos a engañar!

  2. Te armas de paciencia. Borras el libro, lo corriges, lo editas, lo vuelves a subir, lo maquetas en el formato previsto y lo vuelves a poner a la venta. ¡Fácil desde luego no parece el proceso, sino más bien bastante engorroso!

  3. Te cercioras de que en esta ocasión no se pase ni media errata contratando a profesionales de la corrección ortográfica y estilística de textos. De hecho, algunos escritores nos han contratado para asegurarse de que no se cuele ningún error.

Cuando se publica en formato digital, a veces las faltas cometidas son simples erratas. ¿Te acuerdas del artículo donde explicaba el origen de las mayúsculas inacentuadas y el proceso de la imprenta Gutenberg? Leo mucho y la gran mayoría de libros electrónicos (adquiridos legalmente en plataformas oficiales con el sello editorial) tienen algún fallo. Algunos, son autores de gran renombre y superventas cuyas obras en formato digital son un verdadero atentado a su reputación.

Por último le pusieron una , camisa de fuerza

Al altar mayor,junto al

Gabriel García Márquez, Del amor y otros demonios

Y por que era además imprevisible

Carmen Posadas, La cinta roja

¿Adonde?

Federico García Lorca, Bodas de Sangre

Estos son solamente unos ejemplos de erratas cometidas por la edición cuando se vuelca el manuscrito al formato digital, ya que si se acude a ejemplares de estas obras impresas resulta que no se dan los fallos señalados en los ejemplos anteriores.

¿Que tire una piedra quién no haya cometido nunca una falta de ortografía? Porque todos somos seres humanos y no máquinas y por ello cometemos gazapos garrafales. De ahí la necesidad de nuestro trabajo: Palabras a medida, porque cuatro ojos siempre ven más que dos.

Todos nuestros textos están corregidos unas diez veces, como pocas, de forma individual y después viene la doble corrección. Mientras se editan las entradas, se corrigen de nuevo, y, una vez que están publicadas, se vuelven a leer por dos personas y por cuatro ojos.

Puede parecer excesivo, pero somos lingüistas y profesionales de la lengua castellana con un altísimo nivel de exigencia en el uso del español, por ello leemos y releemos constantemente lo que escribimos tanto para nosotros como para nuestros clientes. Buscamos la excelencia lingüística.

Si escribes para el público y tienes un alto grado de exigencia en cuanto al uso de la lengua y de la ortografía castellanas, lo mejor es aceptar que el mayor peligro de escribir son las faltas y armarse de fuerza y de buen temple para cuando llegue el momento de dejar que el texto vuele libremente ante el público. De esta forma, desarrollarás una vista de águila a la caza de la propia errata.

¡Nadie dijo que la corrección fuera un proceso fácil, sencillo y rápido!

 

¿Cómo corriges los errores cuando has perdido el control del escrito?

¿Tienes alguna anécdota propia o ajena que te gustaría compartir con nosotros?

Nos encantará leer tus palabras