Subir, bajar, ir, volver… deducir, inducir

 

Bien, imaginemos que tenemos en la vida real una escalera tan bella como la de la fotografía. Todos sabemos que las escaleras, además de poder ser bellas (una cuestión secundaria pero no por ello menos relevante) son muy prácticas. Posiblemente sea, junto con la rueda, unos de los elementos más prácticos que haya inventado jamás el ser humano. La rueda y la escalera sirven básicamente para transportarnos. Hacia adelante y hacia atrás, hacia arriba y hacia abajo. Subir y bajar, ir y volver, forman parte de un mismo movimiento como también lo son deducir e inducir.

Si bajo por una escalera, iré de lo general a lo particular y entonces me encontraré indefectiblemente con Aristóteles y sus silogismos. La deducción. En cambio, si subo por una escalera, iré de lo más bajo o particular para ascender, poco a poco, hasta lo más alto y general. Entonces no tendré más remedio que ir acompañado por Sócrates y su método de la partera, la inducción.

E pur si muove, “Y sin embargo, se mueve” es la frase que, según parece, pronunció el pobre Galileo Galilei después de abjurar, obligado por la Inquisición, de su certera visión de que el mundo y, con ello todo el sistema planetario, giraba alrededor del sol, de la misma manera que yo, arrimando el ascua a mi sardina, digo que todo discurso debe girar en torno a una sola idea.

Una vez que tengamos la idea sobre la que desarrollar nuestro discurso, hay que ponerla en movimiento, darle vida, adornarla, hacerla atractiva. Si le damos movimiento a la idea-base, el discurso tendrá ritmo y el público perderá la noción del tiempo. Un discurso, al igual que una obra de teatro o una película, no es largo o corto. Se hace corto o largo, que no es lo mismo. Es el tiempo subjetivo quien dicta, omnipotente, su ley al tiempo objetivo. He asistido a muchas obras de teatro con una duración de una hora que se me han hecho eternas y, sin embargo, todavía recuerdo  con agrado una representación de dos horas y media de la que no tuve noción del tiempo. El movimiento crea ritmo y el ritmo crea y recrea el tiempo a su medida.

La idea permanecerá inalterable a lo largo del discurso, de la mima manera que los escalones de una escalera o los radios de una rueda no cambiarán su posición respecto a los demás. Pero sí cambiarán de orden y el orden lo dicta el movimiento. ¿No habíamos dicho en el artículo anterior que el concepto estructura significa claridad y orden?

Por mucho que subamos y bajemos una escalera, jamás cambiará su estructura. Los escalones permanecerán siempre en la misma posición, aunque, según se suba o se baje, podrán ordenarse de primero a último o de último a primero. No cambian la posición, pero sí el orden.

¿Qué es preferible, deducir o inducir, subir o bajar, ir o volver? Los dos factores son igual de importantes para desarrollar una idea en un discurso. El movimiento es fundamental.

Se puede perfectamente ir de lo general a lo particular, del concepto a la anécdota o la imagen y también de lo particular; la anécdota, una imagen concreta que nos lleve a la abstracción.

La dosis es muy importante. Depende mucho del auditorio, pero yo siempre aconsejaré el método parabólico que es el que, Cristo, basándose en el método socrático-inductivo, usó para explicar su doctrina. La parábola, el cuento, la anécdota, la metáfora, son elementos excelentes para atraer la atención del público. Hay que ser muy experto y tener unas grandes dotes oratorias para usar solo la conceptualización. De hecho casi nunca se da el método deductivo puro, el mero discurrir por conceptos y abstracciones. Un buen orador siempre ilustrará sus reflexiones con ejemplos, particularidades, que constituyen la parábola, el cuento, la imagen o la anécdota personal.

Partir de la anécdota, desarrollarla, crea suspense en el público, porque, mientras el orador va contando la peripecia, el público se pregunta, intrigado, a donde llegará o cómo llegará a la idea central de su discurso que tiene por bonito título: “El carácter especular en la obra Calígula de Camus”, que es mi próximo montaje.

Imaginemos que  debo explicar a los alumnos de tercero de dirección escénica la idea base sobre la que montaré la obra del gran autor francés. Podría empezar hablando del concepto del espejo como imagen metafísica del vacío y del absurdo.

O bien podría empezar diciendo:

“Imaginad el escenario completamente a oscuras. Poco a poco se va oyendo el sonido de la lluvia mezclado con el galopar de un caballo y por debajo, sutilmente, el sonido de una flauta se va apoderando del espacio sonoro al tiempo que el escenario se ilumina con una luz tenue. Aparece Calígula, completamente mojado y exhausto, camina hacia el centro del escenario y se detiene, mira al público y, de pronto, suelta un grito desgarrador… Calígula se acaba de reconocer ante el espejo…”.

 ¿Cuál de estos comienzos te atrae más?

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