Desde mediados del pasado siglo XX, en que surge el estructuralismo, un movimiento que abarcaba numerosas ramas del saber, las palabras estructura y estructurar forman parte consustancial de nuestro vocabulario. Fue el lingüista Ferdinand de Saussure quien introdujo estos términos en 1916 con su Curso de lingüística general.

Sin necesidad de subirnos a ramas tan altas, si yo le pregunto a alguien qué es una estructura, posiblemente me responderá con la palabra orden y dará en el clavo. Estructurar significa, lisa y llanamente, ordenar, o sea, disponer los elementos de un conjunto según unas normas para que, precisamente, den una idea de conjunto, de algo organizado, de un todo en el que se puedan distinguir perfectamente sus partes. ¿Para qué? Y aquí, en la respuesta, viene la segunda condición para que el discurso luzca.

Claridad. Estructurar un discurso significa orden y claridad. Cuando un discurso está bien estructurado, siempre tenemos la curiosa sensación de adelantarnos un poco a lo que el orador va a decir. Es una sensación falsa, por supuesto. Es nuestro inconsciente quien trabaja. Lo que captamos, sin darnos cuenta, no son las palabras que va a decir el orador, el contenido, sino el continente, es decir, la estructura que nos lleva como si  divisáramos desde lejos la desembocadura de un río a través de una inmensa llanura.

Solo que la estructura es algo que no se ve a simple vista, pero sabemos que está por debajo, sustentando y dando forma a la parte visible, de la misma manera que nuestro esqueleto, que no vemos, conforma y sustenta a nuestro cuerpo.

En eso consiste mi trabajo, en dar forma y estructura a lo que no lo tiene. Todos hemos tenido algún profesor del que hemos dicho: “Sabe mucho, pero no sabe explicar”. La confusión produce mucha angustia. La claridad, en cambio, nos sitúa siempre en un terreno cómodo y familiar en el que no hay que hacer aparentemente ningún esfuerzo. Es mucho más fácil remar a favor de la corriente que no en contra.

Por eso, cuando me pongo a trabajar un discurso con alguien, lo más importante es encontrar una idea principal en torno a la cual organizarlo todo. El primer error que se suele cometer es querer decir muchas cosas para que el auditorio sepa que sabemos. Es una prueba de inseguridad. Le sucede a un actor cuando acumula gestos para dejar clara una emoción. Un solo gesto, si está bien elegido, es suficiente. Le sucede a un escritor novel cuando acumula muchos adjetivos o escribe frases muy largas porque está obsesionado con explicarlo todo. No hace falta.

Preparar un discurso en presencia u online necesita una serie de sesiones. La primera sesión siempre la dedico a organizar el caos, es decir, a encontrar con el cliente la idea núcleo sobre la que construir el discurso. Insisto, con una buena idea se puede construir un buen discurso. No hace falta más. Una vez encontrada, todo viene por añadidura. En cierta manera, las diferentes partes “se van organizando”. Parece como si lo hicieran solas. No es así. Es la idea núcleo que ha empezado a crear una estructura en la que se van engarzando las ideas secundarias. Estamos ante un organismo vivo.

Llevo cinco años trabajando para una persona muy especial que, por cuestiones profesionales, debe pronunciar tres o cuatro discursos de sociedad al año. La temática es muy variada. El avance ha sido espectacular. Al principio, solíamos tardar unas ocho-nueve sesiones de hora y media en preparar un discurso sin papeles de 30-40 minutos. Hemos reducido las sesiones a la mitad. Nos conocemos ya muy bien. Pues a pesar de ello, siempre la primera sesión la dedico a eliminar la angustia que indefectiblemente produce ponerse delante del público. Y la mejor manera es encontrar la idea base. Una vez encontrada, la sonrisa aparece en sus ojos y todo marcha por su propio cauce. Como si divisáramos, desde una montaña, la desembocadura de un río, allá a lo lejos.

¿Has estructurado algún discurso?

 

¿Cómo lo hiciste?

 

¿Qué errores cometiste y qué aciertos lograste?