O sobre cómo descontaminarse de influencias tóxicas

 

Lo primero que tengo que advertir tanto al lector habitual como al ocasional del blog es que este artículo no está sacado de ningún manual. No constituye ninguna verdad científica. No es una Biblia ni una guía con los siete pasos mágicos para recuperar el estilo personal de escritura y descontaminarlo de influencias tóxicas, sino que está basado en mi experiencia con lo acontecido durante la preparación de las oposiciones. ¿Se puede extrapolar a otras circunstancias? Por supuesto, cualquier situación de estrés laboral o emocional continuado en el tiempo trae consigo una merma de la creatividad, por lo que es lógico suponer que la escritura y el estilo se verán afectados. Todo dependerá de la intensidad y de la duración en la actividad desempeñada. Así mismo, la recuperación podrá avenir de forma más o menos rápida en función de los factores anteriormente mencionados.

A continuación, voy a describir cómo ha sido el proceso de contaminación lingüística paulatina. Me voy a centrar en las causas, pero si quieres te las puedes saltar para ir directamente a las consecuencias:

Durante los cuatro primeros meses de preparación, de septiembre a enero, apenas noté cambio alguno. Entre los opositores a esta etapa se la conoce como la primera toma de contacto, es decir, hacerse el cuerpo, coger el ritmo y calentar motores. Estudiaba de lunes a viernes y el sábado lo dedicaba a escribir artículos y a editar la entrada semanal. De hecho, representó un punto álgido en la creatividad: se me ocurrían miles de ideas, las cuales no era capaz de llevar a término por falta de tiempo. Así que llené libretas enteras con temas para escribir y publicar. El día que las encuentre y las ordene, tendré una mina.

En la segunda etapa, más conocida como la cuenta atrás y el déjate de pamplinas que no puedes levantar la cabeza de los apuntes ni saltarte la planificación porque si no llegas un día, por el asunto que sea, vas a tener que bregar el sábado, el domingo y por las noches si hace falta, aquí ya sí se produjo una merma creativa y una progresiva contaminación del estilo. Apenas surgían ideas y lo poco que escribía estaba plagado de fórmulas rituales, estereotipadas y muy formales, propias de la preparación intensa. Mi escritura se volvió técnica, especializada y oscura. Algunos ejemplos de gran afectación fueron:

“Las glosas emilianenses y silenses están consideradas como el primer vagido de la lengua”.

Pero ¿qué es un vagido?, me pregunté hace seis años cuando empecé con la preparación. Allá que fui a mi amigo inseparable, el DRAE:

Del lat. vagītus.

  1. m. Gemido o llanto del recién nacido.

“Podrá cerrar mis ojos la prostera…

Del lat. vulg. *postrarius, y este alterac. del lat. postrēmus, infl. por primarius ‘primario’.

  1. adj. cult. Último de una serie o sucesión. Las postreras horas del día.

  2. adj. cult. p. us. Situado en lo más remoto o lejano. Los límites postreros de España.

  3. f. Hond. Segunda siembra y cosecha de maíz o frijol que se inicia en octubre y se recoge en enero o febrero.

Mi definición favorita y que tardé varios años en aprenderme, pues solo era capaz de recordarla cuando la entonaba a ritmo de rap:

“La kinésica es una ciencia, iniciada por el psiquiatra-antropólogo Ray L. Birdwhistell, que consiste en el estudio sistemático de los movimientos y posiciones corporales de base psicomuscular –aprendidos o somatogénicos; no orales; de percepción visual, táctil u olfativa- que, aislados o combinados con la estructura lingüístico-paralingüística y con el contexto situacional, poseen gran valor expresivo en la comunicación interpersonal”.

He aquí una definición de cinco líneas sin punto seguido o aparte. El ritmo o se lo encuentras o no te la aprendes por más que quieras y cuando esto se produce es porque algo no funciona a nivel sintáctico.

La tercera fase es la muerte total, parcial y ocasional producida por una obsesión insana. Empiezas a repasar tres temas por día que irás paulatinamente incrementando a cinco. Es decir, un total de 50 páginas. Aquí se produce el fenómeno conocido como la incapacidad para hablar o soñar con algo que no sea de los apuntes. Conversaciones típicas con la madre de esta época son:

-¿Qué te cuentas?

-Bien, estudiando, ¿y tú qué tal? 

-Bien (bla, bla, bla…). Pero ¿qué has hecho?

-He estado estudiando, no tengo nada que contar.

-¿En serio?

-Sí, pero si quieres te cuento la Celestina, el texto expositivo, fonética y fonología y un poquito de fonología medieval.

-No, mejor déjalo.

Las consecuencias de este proceso de preparación han sido las siguientes:

  1. Falta de tiempo y de ganas para escribir.

  2. No había correspondencia entre las palabras y las ideas. Es decir, sentía ciertas dificultades a la hora de expresar de forma más empática y menos barroca lo que deseaba comunicar. Lo que antes surgía de forma fluida, ahora me costaba el triple de esfuerzo.

  3. Imposibilidad para pensar en otro asunto que no fueran los apuntes, incluso semanas después de los exámenes. Te vuelves un poco monotemática en los últimos meses. ¡Qué se le va a hacer!

  4. Contaminación estilística, ya mencionada anteriormente, pero también hay que verle la parte positiva, pues la evolución en la escritura es fundamental. De hecho, he ganado en ritmo, en concreción y en caudales ingentes de léxico.

¿Cómo he solucionado estas carencias y dificultades? Obviamente, cada persona es un mundo y lo que me haya funcionado a mí no tiene por qué actuar del mismo modo con los demás, aunque siempre será interesante contrastar ideas.

Por eso, voy a exponer una batería de diversas actividades que he llevado a cabo para recuperar el estilo personal de escritura y descontaminarlo de influencias tóxicas:

  1. Dejar fuera las prisas. Roma no se conquistó en un día, por lo que era absurdo presionarme con volver de forma inminente. Menos mal que tenía artículos escritos con anterioridad y con los que he podido ir jugando. ¡Más vale prevenir que curar!

  2. Practicar deporte al aire libre. Mens sana in corpore sano. Lo importante era desconectar y quemar adrenalina. Al principio empecé a caminar y ahora estoy corriendo. ¡Todo un logro!

  3. Relajarse. Lo que mejor me ha funcionado ha sido apuntarme a clases de yoga. De esta forma, dejo la mente en blanco y le doy un respiro a los pensamientos en bucle. El yoga tiene algo que engancha.

  4. Escribir por gusto, en una libreta y a mano. Ha sido una especie de escritura terapéutica. Como no me gusta demasiado el nombre de diario, a estas libretas las he llamado “Cuadernos impresionistas y sintomáticos”.

  5. Trabajar. Sí, como lo oyes. Hemos estado todo el verano trabajando diversos textos de corrección ortotipográfica y de estilo. Las ventajas han sido innumerables. Por un lado, volvía a la rutina laboral y, por otro, la descontaminación se ha producido de forma más rápida al trabajar textos de diferentes autores, temáticas, estilos, tonos y ritmos.

  6. Empezar a escribir ficción. Hacía tiempo que deseaba meterme de lleno en la creación literaria y, poco a poco, he cogido el hábito, hasta el punto de que me apetece hacerlo casi a diario.

  7. Realizar lecturas variadísimas, intentando evitar a los autores españoles, sobre todo, aquellos más relacionados con el temario y la Historia de la Literatura. Así que he leído desde manuales como Introducción al psicoanálisis, de Freud o El poder de la mente, de Eduardo Punset a variadísimas novelas como El ojo del dragón, de Stephen King; El verano que empieza, de Silvia Soler; Tokio Blues, de Murakami; Lo que sé de los hombrecillos, de Juan José Millás (es un libro muy divertido); La máquina del tiempo, de H. G. Wells; Extraños en un tren, de Patricia Highsmith; Rayuela, de Cortázar (ha sido mi libro de cabecera durante cuatro veranos) y La zona de interés, de Martin Amis. Las razones son obvias: volver a la lectura por placer y no por obligación, como ocurría con las oposiciones; transitar por diversos géneros para acelerar la recuperación tanto en la escritura como en el estilo y mi motivación principal: viajar entre historias, conocer otros mundos, épocas y personajes, vivir otras experiencias…

Hasta aquí llega mi primer artículo de la temporada. Ha costado un poco, pero ningún obstáculo es insalvable. El primer paso ya está dado, ahora solo queda seguir subiendo peldaño a peldaño, sin prisa, pero sin pausa.

¿Alguna vez has sufrido un proceso similar de contaminación en la escritura?

 

¿Cómo has recuperado el estilo con el que más cómodo te sentías?