Conócenos, Palabras a medida.

Palabras a medida cumple en estas semanas un año de vida en el mundillo virtual. Ha sido un año de muchísimo aprendizaje y de algunos errores, pues todo hay que decirlo. ¡Qué sería de esta vida sin el error para aprender! Pero lo más importante de todo es que hemos crecido como página, como empresa y como familia. Ya no es solo un proyecto onírico o utópico entre un padre y una hija, sino que es una realidad. El primer peldaño de la larga escalera ya está dado. Ahora solo hay que recorrer el camino iniciado, pues el camino se hace al andar.

Un día, mientras me dedicaba a esa labor tan cotidiana y mundana, pero al tiempo tan necesaria, de fregar los platos, se me ocurrió la idea de hacer esta entrevista. ¡No sabía en qué me estaba metiendo! Ha sido la más difícil de mi vida, pues no todos los días tengo la oportunidad de  entrevistar a mi padre. Tenía que equilibrar dos mundos: la familia y la profesión; para reflejar su forma de ser. Tras ese metro ochenta, ese rostro serio, esa voz grave y esa inteligencia perspicaz se esconde un hombre cariñoso, divertido e irónico. Le caracteriza el estilo directo, el doble sentido y la tremenda curiosidad por la palabra y por el pensamiento.

Te invito a conocer un poco más a Alberto González, artífice de Palabras a medida.

1.- Papá, eres actor, profesor, director, escritor y un autodidacta de diversas materias como las lenguas extranjeras, la historia o la filosofía. ¿Ves algún punto de unión entre los oficios y las aficiones?

No estoy muy seguro de distinguir oficio de afición. No soy tantas cosas. Simplemente tengo curiosidad. Los griegos decían que, mientras se tuviera curiosidad, uno permanecía joven. Posiblemente lo que más pueda en mí es eso de conservarme joven. Es una broma. Es la palabra lo que me ha construido a lo largo de mi vida. En mi caso todo gira alrededor de la palabra. Me encantan las etimologías, por ejemplo. Saber el origen de una palabra y seguir su evolución.

2.- Porque te conozco sé que desde pequeño se te despertó esa vena artística de la actuación, ¿cómo te diste cuenta? ¿Alguna anécdota curiosa que nos puedas contar?

La imaginación es un don. Yo no fui consciente de que tenía imaginación hasta muy tarde. Lo de actuar me viene desde un cumpleaños en que me puse a recitar un supuesto poema que sólo tenía una sola palabra: persianas y lo recité con todos los tonos posibles. Después en el instituto interpreté una obra de Moliére, Las preciosas ridículas, dirigida por la profesora de francés, de la que estábamos enamorados todos. Fue la primera profesora que nos llegó en minifalda a una ciudad de provincias en pleno franquismo. Eso marca para siempre. Ahora prefiero dirigir. Me encanta trabajar con actores porque los veo desde dentro. Además puedo dar rienda suelta a la imaginación que es única. Lo mismo sirve para escribir que para montar una obra. Es más, estoy descubriendo en Calígula que mi método para escribir y para dirigir es el mismo.

3.-  Al final entre una cosa y otra, terminaste estudiando un tipo de filología hispano-francesa-clásica y sacándote unas oposiciones de Lengua castellana. ¿Qué recuerdos tienes de tus años en el instituto como profesor? ¿Hay alguna relación entre el teatro y el aula? ¿El público y los alumnos?

La relación es evidente. Desde el momento en que hay un público, hay espectáculo. Por eso, cuando se está delante de un público, es básico no aburrir. Es indiferente de lo que se hable. La seducción debe funcionar. El mejor profesor será siempre aquel que sepa atraerse a los alumnos.

4.- Como bien sabes, pude asistir en calidad de oyente a algunas de tus clases y siempre me parecieron divertidísimas y por otra parte un tanto extrañas, pues les hacía leer a Pessoa en clase o te marchabas del aula cuando estaban haciendo un examen. ¿Por qué? ¿Qué perseguías?

El humor siempre me ha parecido uno de los mecanismos más efectivos en la seducción. Yo no soy gracioso pero creo tener algo de humor, una cierta ironía de la que no puedo prescindir. Gran parte de lo que escribo es irónico. Lo importante, cuando uno es profesor, es ser lo que uno es.

No adoptar ningún papel. La gente es muy fina para detectar lo falso. Mi objetivo como profesor no era tanto enseñar historia de la literatura, que siempre me pareció un coñazo, como estimular al alumno a que leyera. Así que utilicé un método muy sencillo. Cada año hacía un pacto con los alumnos. Leíamos obras enteras que a mí realmente me gustaran. A ti te tocó Pessoa. A otros les tocó, por ejemplo, Memorias de Adriano y siempre Borges y Cortázar. Me daba igual si eran escritores españoles o no. Conseguir de una clase de cuarenta, cuatro o cinco lectores para siempre era para darse con un canto entre los dientes.

 En cuanto a irme a tomar un café cuando ponía un examen, tenía mis motivos. Hacer un comentario libre sobre un soneto de Quevedo, sin ninguna pregunta que contestar, era enfrentar al alumno a solas con el texto, sin ayuda de nada. Eso que se llama “opinión personal”. Sabían los alumnos que, si se copiaban, la cosa iba a cantar mucho. Así que lo que hacía era irme para que intercambiaran pareceres porque, al fin y al cabo, lo que se mide es la expresión. Y si encima conseguía que no cometieran faltas de ortografía, miel sobre hojuelas. Una vez entré de improviso en pleno examen y  vi a una alumna indicándoles a un par de compañeros las tildes. En general, los exámenes venían muy limpios y sin faltas de ortografía gracias a los cuatro o cinco empollones de la clase. Misión cumplida.

5.- ¿Cuándo empezaste a ayudar a los demás a hablar en público? ¿Cómo surgió la idea?

Surgió de una manera muy natural. Hace unos años me llegó, a través del amigo de un amigo, un individuo que estaba buscando desesperadamente a alguien porque debía pronunciar un discurso muy importante para él y, debido a su timidez y a que nunca había hablado en público, necesitaba que lo ayudaran. El amigo de mi amigo vio una película donde yo aparecía… y ahí empezó todo.

6.- Todas estas preguntas no son aleatorias porque quiero ir al punto concreto en el que rompes las normas para crear. Has hablado de ello en varias ocasiones en el blog y creo que es una “metodología” que sigues en todas las facetas: la creación, la enseñanza, la actuación, la dirección, el coaching… ¿Hasta qué punto es importante romper las normas o la metodología taxonómica en la creación?

Vamos a ver, es muy bueno conocer las normas para después, si uno lo cree necesario, romperlas. Pero no hay por qué romperlas siempre y no todas. Es como bailar. Uno aprende los pasos y después se olvida de ellos. Bailar es mucho más que marcar los pasos. Es muy bueno aprender la técnica porque ahorra tiempo y energía. Crear es algo muy personal e intransferible que no se puede enseñar. Un actor debe aprender a manejar su cuerpo y su voz. Son técnicas. Para eso están los profesores. Actuar es algo muy distinto. Nadie te va a enseñar a actuar. Ahora eso sí, es muy recomendable fijarse en cómo lo hacen los grandes. En el coaching es fundamental adaptarse al cliente. Realzar sus habilidades y ocultar sus defectos. Esto es como un traje a medida. El sastre corta el traje según la complexión del cliente. Un buen entrenador de fútbol es aquel que, conociendo al jugador, lo pone en el sitio donde jugará mejor.

7.- ¿Cuándo empezaste a escribir? ¿Qué te movió a ello?

A los trece años, creo, sufrí un bloqueo en la escritura. He tardado cuarenta años en superarlo. Ahora sé que tengo condiciones para escribir. Ha sido un descubrimiento muy hermoso, aunque tardío.  Espero, como decía Whitman, no cesar hasta la muerte.

8.- Tienes publicado un libro El escritor sin historias, pero tienes unos cuantos más esperando a ver la luz, ¿cómo haces para escribir? ¿Te quedas en blanco? ¿Constancia y perseverancia o  inspiración?

Una vez me contaron una anécdota sobre un actor muy famoso, un maestro en Argentina. Parece que un discípulo, deslumbrado por su actuación, le preguntó: “¿Maestro, cómo lo hace?” Y el maestro le respondió: “Es muy sencillo. Me pongo la boina y entro”.

Para escribir es lo mismo. Uno se pone a caminar o va conduciendo el coche, surge la idea… ahí empieza todo. Es como ir a pescar. Uno prepara los aparejos, lanza la caña y espera a que el pez pique. Lo digo yo que sólo pesqué una vez. Tiré una caña sin darle ninguna importancia y pesqué el único pez de mi vida. He publicado una novela y tengo alguna cosa más en el cajón. En general, puedo decir que no soy de los que sufren escribiendo. Me lo paso bastante bien. Unas veces pesco y otra no. Unas veces me molesta cualquier ruido y otras veces lo mismo me da que esté el jardinero segando el césped. Yo estoy metido en lo mío y me importa un carajo todo.

Lo cierto es que la creación es obsesiva. Un trabajo mental. Uno puede escribir cuando anda o en sueños o mientras va en un tren. Una cosa es escribir y otra transcribir. Dentro de una cierta anarquía, soy bastante contumaz. Me puedo tirar un par de días con un párrafo que me guste especialmente. Me encanta corregir.

9.- Aprendiste inglés a los 50 años y alemán a los 60 de forma autodidacta. ¿Qué te reportan las lenguas? ¿Por qué inglés y alemán?

Son parte de lo mismo: las diferentes caras de la palabra. Del alemán, a veces me voy al inglés y otras al griego, por ejemplo. Hay muchas palabras de origen griego en el alemán. Es un juego muy divertido. En inglés, hay muchas palabras de origen latino también. Me encanta desenmascarar palabras como wall que viene de vallum o turn que viene de tornare. Es como si le dijera a una palabra extranjera: “A mí no me engañas, no eres tan alemana o inglesa como te crees por mucho que la pronunciación lo disimule. Mira cuál es tu madre, descastada.” Y así se me pasan las horas, siempre con mis dos diccionarios de latín y griego al lado.

10.- Hace ya un año que empezamos con la aventura de Palabras a medida, ¿algún balance? ¿Qué te ha parecido este año?

El balance es muy positivo. Una aventura que no ha hecho más que empezar. Hemos tenido varios trabajos y nos hemos demostrado a nosotros mismos que podemos trabajar juntos, lo cual es muy importante. Hacemos un buen equipo. Imaginación no nos falta.  Tú pones el empuje y el riesgo y yo voy de escudero con la experiencia.

11.- ¿Qué lecturas te acompañan ahora?

Me da vergüenza decirlo pero ahora estoy con Kant y Hegel. Mejor dicho estoy leyendo cosas sobre Kant y Hegel. Todavía no me atrevo… Me fascina el edifico que le construyen a la Razón. Me da igual si tienen razón o no. Lo importante es ver el despliegue de inteligencia y lucidez, cómo uno empieza donde el otro acaba. Es prodigioso. He descubierto que leer filosofía es el mejor remedio para olvidarme de la obsesión de Calígula. Se mete uno en un mundo abstracto, en una inmensa burbuja de jabón. Yo, que odiaba la metafísica, me estoy convirtiendo en un adicto. Por la noche veo vídeos de gente muy inteligente y muy preparada hablando de Kant, Hegel, Descartes… es otro mundo.

12.- ¿En qué ocupas tu tiempo libre? Cuéntanos algunas de tus aficiones.

En eso soy un privilegiado. Para mí no hay tiempo libre porque no hay diferencia entre trabajo y afición. Excepto cuando me voy a jugar al pimpón a que la gente joven me de unas palizas monumentales. Vengo baldado, pero duermo muy contento.

¿Qué te ha parecido esta entrevista?

 

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