El dilema que se plantea es similar al de Shakespeare en Hamlet: “Ser o no ser, esa es la cuestión”. Corregir o no corregir los errores ortográficos ajenos en las redes, esa es la cuestión. No es un asunto baladí, pero tampoco soy nadie para venir a decir qué tienes, o no tienes, que hacer al respecto. Sin embargo, coincidiremos en que las redes sociales pueden multiplicar el efecto del error o del acierto, del autor o del corrector.

Existen numerosas cuentas y perfiles en las redes sociales que persiguen el error ortográfico ajeno. Entonces, me pregunto: ¿Es posible un texto perfecto, sin errores? En ocasiones, estas cuentas lo expresan con educación y otras con nocturnidad y alevosía. A estas últimas las he calificado como el Santo Tribunal de la Inquisición Ortográfica y sería casi mejor ni hablar del tema.

No toda acción de corrección es buena, como tampoco tiene por qué ser mala. Todo depende, como siempre, de la forma en que se haga. Imaginemos las  siguientes situaciones hipotéticas:

Hipótesis primera:

Llevas años siguiendo a una bloguera. Escribe bastante bien y en escasas ocasiones ha cometido algún fallo. Saca un nuevo producto y decides comprarlo. Te encanta el libro electrónico que has adquirido, pero encuentras dos o tres fallos ortográficos que le quitan un poco de brillo a su producto estrella.

¿Qué haces? ¿Se lo dices o no se lo dices? Y si decides comunicárselo, ¿cómo lo harías?

Hipótesis segunda:

Entre tus amigos de Facebook figura un escritor. Un día cualquiera, el susodicho emprende una perorata filosófica acerca de la ética política, por ejemplo. Es un texto brillante. Exquisito tanto en forma como en contenido, pero hay tres “peros”: ha confundido una “b” con una “v” (probablemente por la cercanía de ambas en el teclado), hay una falta de concordancia entre sujeto y predicado y ha empleado una subordinación con subordinadas en su interior (hipotaxis), que trastoca tanto el orden de la oración que el lector puede perderse con facilidad al no conectar bien unas ideas con otras.

¿Qué haces? ¿Se lo dices o no se lo dices? Y si decides comunicárselo, ¿cómo lo harías?

En ambas situaciones, tenemos que tener claro que no existe un vínculo muy estrecho con esa persona y que la confianza es más bien escasa.

Hay varias opciones:

  • No decir nada y lavarse las manos. Quizá es lo que hace la inmensa mayoría.

  • Comunicarle los errores públicamente a través de los comentarios o de las redes sociales. Probablemente es lo que hace una minoría. Algunos lo hacen con educación; otros, con cierta gracia y humor; y los menos, con saña, burla y menosprecio.

  • Escribirle por privado y señalarle los fallos de forma educada y cortésmente. ¡Cosa bastante inusual!

Hoy, me quiero centrar en cómo corregir los errores ortográficos a una persona que admiras y darle la oportunidad de enmendarlo sin que nadie le ponga la cara colorada.

Los Diez Mandamientos para corregir los errores ortográficos ajenos en las redes serán:

  1. Amarás al Autor sobre todas las cosas.
  2. No tomarás el nombre de la RAE en vano.
  3. Santificarás la correcta expresión y el contenido original.
  4. Honrarás al autor y a su texto.
  5. No matarás en nombre de la ortografía.
  6. No cometerás sacrilegio ni actos impuros ni blasfemia.
  7. No robarás protagonismo.
  8. No harás falsas correcciones ni mentirás sobre las reglas ortográficas.
  9. No consentirás intenciones dañinas o perjudiciales.
  10. No codiciarás las palabras y los éxitos ajenos.

De todo esto, se desprende que:

Se debe corregir siempre con educación y de manera cortés. Hay que tener en cuenta que normalmente los seres humanos estamos poseídos casi al 100 %, por ser un poco exagerada, de un enorme ego que nos impide tomar de buena gana cualquier error, fallo o corrección. ¡Ojo!, y no solo ortográfico, que cuando tu madre te relata porque la tortilla se ha quemado o se ha pasado tampoco suele gustarnos.

Errar es de humanos y cada día estoy más convencida de que el enfado morrocotudo suele ser en primer lugar con nosotros mismos, y después con el osado que se haya atrevido a corregirnos. Enfado que puede multiplicarse por mil y en “un apaga y vámonos” si se ha hecho de forma pública y notoria.

Se debe corregir a la intimidad del dulce candor de la chimenea. ¡Qué rústica me he vuelto! Es decir, de forma privada y en silencio ante el gran público. ¡Si hasta Instagram tiene una opción para enviar mensajes privados! Creo que si alguien se queda sin móvil en la actualidad, no tendría ningún problema en mantener una vida social activa por todas las opciones de interrelacionarnos que permiten las redes.

Por poner un ejemplo, pensemos que hay alguien que quiere ligar contigo, ¿qué hace o qué preferirías que hiciera? ¿Que te mande un privado o que te escriba directamente en el muro de Facebook donde tienes a tu padre, a tu madre y a tus hermanos entre otros (por no hablar de las exparejas o de los familiares de estas)?

Para corregir no basta con pensar que se trata de un error, sino tener la certeza. Esto es una anécdota curiosa y, hasta graciosa, de las clases con una alumna. Estaba explicándole la forma correcta de decir “croqueta”, “albóndiga” y las formas irregulares del verbo andar como “anduve”. Después de un rato de intentar pronunciar estas palabras de forma que no fueran ni “cocreta*” ni “arbóndiga*” ni “andé*” y de unas cuantas risas de por medio, me espeta la alumna, que ya estaba hasta el moño de pronunciar palabras tan marcianas: “Pero ¿cómo no van a estar bien si yo nunca las he escuchado?”

Y he aquí donde está el quid de la cuestión: que no se haya escuchado algo con anterioridad no quiere decir que no exista, solo que no se conoce. Para corregir, hay que saber y hay que cerciorarse de que realmente no se está incurriendo en algún error.

Una de cal y otra de arena. No tengo muy claro si considerar la acción de corregir como cal o como arena. Sea como fuere, lo importante es alabar el texto, la intención, la trayectoria o buscar algo positivo, antes de arrear con la arena y de echarle sal a la herida. Es necesario tener un poco de mano izquierda antes de asestar la puñalada final.

Vamos a poner otro ejemplo. Imagina que es la primera vez que conoces a tus suegros y, como viene siendo habitual en todas las reuniones familiares, surge un tema peliagudo. Por si fuera poco te preguntan qué opinas al respecto. Sí, es el momento en el que uno piensa: “Tierra, trágame, ¿cómo salgo bien de esto?”. Entonces, haces acopio de toda tu capacidad mediadora y terminas por dar una opinión edulcorada que ni para ti ni para mí, tal cual perro del hortelano se tratara.

A modo de conclusión, puedo decir que la corrección de algún fallo ajeno nunca será agradable para el autor, pero siempre existe la posibilidad de minimizar la exposición y el golpe, pues las buenas formas se agradecen y se aplauden.

Una vez que el autor se ha percatado del error podrá enmendarlo, o no, ya que dependerá del tipo de publicación que sea.  No obstante, puede resultar de interés saber cómo se pueden corregir los errores ortográficos cuando se ha perdido el control sobre el escrito.

¿Has corregido alguna vez algún error ortográfico ajeno?

 

¿Cómo lo has hecho?

 

Si te han corregido, ¿cómo lo han hecho y qué has sentido?