Fémina, femenino, feminismo, femíneo, afeminamiento, hembra

No creo que las féminas romanas le tuvieran mucho cariño a Marco Porcio Catón (Tusculum 234 a. C. – 149 a. C.). Un político, orador, escritor y militar romano apodado el Viejo para distinguirlo de su bisnieto Marco Porcio Catón, el Joven, contemporáneo de Julio César y Cicerón. Entre las múltiples obsesiones del patriarca de los Catones figuraba Cartago, espléndida ciudad fenicia situada en la actual Túnez, enemiga de Roma, a la que quería destruir por todos los medios.  Acababa siempre sus discursos con la célebre frase: Cartago delenda est, “Cartago debe ser destruida”, viniera o no a cuento. Era un tipo austero, desabrido, desapacible y muy estricto.

Otra de sus obsesiones eran las mujeres, o mejor dicho, sus túnicas, sus joyas y demás complementos con que se adornaban para atraer al varón con el fin de que éste depositara su belicosa mirada en ellas y no en la guerra por venir. Catón, como era contumaz y muy pesado, además de lanzar incendiarios discursos contra el lujo, la ostentación y todo lo que tuviera que ver con la refinada y afeminada, según él, cultura griega, fijó elevados impuestos sobre los adornos femeninos, por lo cual se ganó a pulso el apodo de Censor.

A las romanas, que practicaban el típico feminismo latino, por un oído les entraban y por otro les salían los discursos catonianos. Hicieron de su peplo un sayo, se pusieron guapísimas y se las compusieron para no pagar una pasta gansa por ese aceite especial traído de Siria que, a la par que suavizaba la piel, reafirmaba y tonificaba sus femíneos encantos, con especial atención a los muslos femeniles pues si, según la Biblia, Eva procedía de la costilla de Adán, ellas, para no ser menos, adoptaron el nombre de femina-ae que proviene de femur-oris, “fémur, muslo” que era la parte de sus anatomías que más atraía al varón romano, ya fuera patricio o legionario.

El francés actual conserva el nombre de femme para “mujer”, mientras que en castellano femina-ae ha evolucionado hasta llegar a hembra, pasando por fembra, como lo atestigua en el s XIV el Arcipreste de Hita quien, en su Libro de Buen Amor, habla de “Tener ajuntamiento con fembra plaçentera”.

Nota un poco más pedante, si cabe:

Hay palabras con un origen clarísimo como sagrado que viene de sacratum. Otras, sin embargo, tienen una procedencia incierta; loco, por ejemplo. A fémina se le ha hecho venir de una palabra indoeuropea que significa “amamantar”. Demasiado artificioso, ya que el latín para más inri (nunca mejor dicho) presenta una serie de palabras relacionadas que avalan la procedencia de femur-oris, como feminalia, “bandas para abrigar los muslos” o femoralia, “calza, calzoncillos”.

 

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