De Grecia nos viene casi todo, empezando por la democracia, siguiendo con los académicos, los liceístas, los jardineros, los porteros y acabando con los gimnastas, (por decir algo que ponga un punto final a lo que, en realidad, fue una cadena infinita de técnicas y saberes, cuyo centro fue el hombre). De hecho la filosofía griega se divide en presocráticos, filósofos antes de Sócrates que se preocuparon fundamentalmente por dilucidar el principio, arjé, de todo, es decir, del cosmos, y los filósofos que vinieron después de Sócrates, que se preocuparon básicamente de los asuntos humanos, sin renunciar en absoluto a sus arcaicos colegas de los siglos VII-VI y gran parte del V antes de Cristo, el siglo de las luces ateniense, el siglo de Pericles, que alumbró a Sócrates que parió a Platón que educó a Aristóteles y que todos juntos, bien mezclados, originaron un jugoso cocktail de jardineros y porteros.

Lo de arcaico no tiene ningún matiz despectivo, más bien al contrario, porque arcaico viene de arjé o arqué. Todos los filósofos griegos bebieron unos de otros a pesar de sus rivalidades, enemistades y broncas, con reparto de hostias a destajo, que de vez en cuando se propinaron. Todos se preocuparon por la educación del ciudadano y algunos también por la de esclavos y mujeres, como Platón y Epicuro.

Decir educación es decir escuela y aquí es donde entran las diferentes escuelas filosóficas que hubo en Atenas, entre las que caben destacar la de Platón o La Academia, la de Aristóteles o El Liceo, la de los porteros o Puerta de los estoicos y la de los jardineros o El Jardín de Epicuro, que hacen referencia a los lugares donde se ubicaron en Atenas, de manera que cualquier ateniense con dinero podía asistir a una oferta muy variada. En alguna, como la escuela de los estoicos, no tenía que pagar nada.

La primera de todas fue la Academia de Platón. Sócrates, su maestro, nunca tuvo una escuela o lugar donde enseñar. Su escuela era el mercado o ágora y allí se dedicaba a cazar con lazo a cualquier desprevenido transeúnte y aplicarle el método socrático a base de preguntas muy tontas y sencillas al principio, pero que, poco a poco, se iban complicando, dejando enmudecido y exhausto al pobre interlocutor. Platón aprendió de Sócrates dos saberes muy prácticos; el primero consistió en no tocar demasiado las narices al poder para no tener que morir antes de tiempo y el segundo, cobrar por enseñar. A Platón nunca le fue la pobreza socrática.

Así que fundó la Academia, llamada así porque la instaló en un terreno que compró a un kilómetro al noroeste de la ciudad, que estaba al lado de un gimnasio (ya empezamos con las causalidades) y un jardín (más causalidades) dedicado a Academos, un héroe legendario de la mitología griega, con bastante peor suerte que Aquiles, ya que nadie lo conocería si no fuera porque al filósofo platónico le dio por instalar su escuela allí. (Supongo que el metro cuadrado estaría mucho más barato que en el centro de la ciudad). Sabemos que en la puerta de entrada (seguimos con las causalidades) Platón hizo inscribir la famosa frase de: “Nadie traspase esta puerta sin saber geometría”, en honor a un maestro arcaico suyo, un tal Pitágoras, un tipo bastante pirado que, más que una escuela, fundó una secta con unas normas bastante estrambóticas como la prohibición de comer habas.

En la Academia de Platón estuvo Aristóteles el tiempo suficiente para decir: “Admiro a Platón, pero mucho más admiro la verdad” y se fue con viento fresco a construir el otro pilar sobre el que se asienta el saber occidental, la ciencia. Platonismo o idealismo frente al conocimiento empírico. Para Platón el alma es inmortal y los sentidos nos engañan. Aristóteles no se engaña con el alma ni con los sentidos; el alma muere con el cuerpo y los sentidos, la experiencia, es la puerta del conocimiento.

Con esto, está dicho todo para que el macedonio, instructor de Alejandro Magno, funde su escuela, el Liceo, que es el nombre de un gimnasio, (¡vaya, vaya!) situado en las cercanías de un templo consagrado a Apolo Licio, likeion, un apodo del tipo: “La Hermandad del Cristo de la Luz” de Dalías, ya que likeion significa precisamente “luz”, “luminoso”, porque, entre otras muchas cosas, Apolo era el dios del sol. La raíz griega lik da en latín lux.

O sea que Aristóteles sitúa su escuela al lado de la luz para que lo ilumine a él y a sus alumnos por el camino de la verdad y la felicidad, eudaimonía, que se puede traducir también por “plenitud”, que es el fin que persiguen los porteros de Zenón de Citio, fundador de la escuela estoica, y los jardineros de Epicuro, fundador de la escuela epicúrea, ambas dos las principales escuelas de la época helenística, que va desde la muerte de Alejando Magno en  323 a.C. hasta la invasión de Macedonia por los romanos en 148 a. C. y que se caracterizan por preconizar una ética práctica, ya que no les preocupa tanto el saber como el saber vivir, biou tejné, mediante el control de los deseos, la austeridad y la ataraxia, imperturbabilidad. O sea que esa mala fama que tuvieron los epicúreos de montarse juergas y orgías a tutiplén, no es verdad.

Fue un infundio difundido malévolamente por sus rivales, los estoicos, con los que se llevaban a matar. El hecho de que Epicuro admitiera cortesanas en sus clases fue la comidilla de toda Atenas. Aunque estoicos y epicúreos tenían muchos puntos en común, sus diferencias eran bastante notables. La principal era que los estoicos eran mucho más abiertos a intervenir en política para el bien de sus conciudadanos. En Roma tuvieron a Séneca, consejero político de Nerón y a Marco Aurelio, ni más ni menos, todo un emperador filósofo, mientras que los epicúreos, mucho más cerrados, renunciaron a intervenir en los asuntos públicos.

Cosa lógica si sabemos dónde daban sus clases unos y otros. El término estoicismo proviene del lugar en el que Zenón de Citio, el fundador, comenzó, en el año 301 a. C., a dar sus lecciones en la Stóa poikilé (en griego Στοα, stoa, ‘pórtico, puerta’. De stoa viene estómago), que era el Pórtico pintado del ágora de Atenas. Más abierto al público, imposible. Podemos imaginar a un ciudadano, que va a comprar higos y queso y, en la misma entrada a la plaza, encuentra una multitud que rodea a un filósofo estoico, hablando de que lo mismo que el cuerpo se enferma, el alma también y para curarla están los filósofos, que son los médicos del alma.

Lo que está también muy claro es que nuestro imaginario comprador jamás se hubiera podido encontrar a un filósofo epicureísta hablando de la felicidad que proporcionan los placeres sencillos y, sobre todo, los placeres intelectuales. Los filósofos epicureístas eran muy suyos. Jamás se exhibieron en público. Impartían sus clases en un jardín cerrado muy próximo a la academia platónica. De hecho la escuela de Epicuro de Samos se llamó el Jardín y a ella concurrían toda clase de gente; gente principal, gente menos principal, gente de vida disoluta, esclavos y putas. O sea que Epicuro impartía una enseñanza interclasista y multidisciplinar.

Y con ello vamos a ir dando por acabado este artículo donde solo nos falta hablar de los gimnastas, pero mejor lo dejamos para una próxima entrada. Me despido a la griega, deseándoos que en vuestra vida tengáis una buena biou tejné, arte de vivir.