En primer lugar digamos que la palabra misterio no tiene nada que ver con ministerio. Su etimología es diferente o, lo que es lo mismo, sus raíces pertenecen a distintos árboles (etimós significa raíz). Empecemos por desvelar el misterio. Ministerio viene del latín ministerium y misterio del griego mustés, pronunciado con i cerrada.

A veces se producen casualidades fonéticas entre palabras de modo que parezca que pertenecen a la misma familia cuando no es así. Cansado/casado, son muy similares en la forma pero muy diferentes en su significado. A esta figura retórica, si nos ponemos finos, se le llama con el bonito nombre de paronomasia. Sirve básicamente para hacer juegos de palabras y chistes múltiples y variados de muy variado gusto, como por ejemplo: Estoy cansada/o de estar casada/o.

Ministerium significa oficio, servicio. De ahí palabras como ministro, administrar, administración, menester, menesteroso, mester (una palabra antigua que sirve para poner juntos pero no revueltos a clérigos y juglares y que siempre cae en los exámenes de literatura). De donde se deduce que cualquiera que tenga un oficio es un ministro, aunque hay muchos ministros que no conocen su oficio. No daremos ningún nombre propio, pero sí haremos un juego de palabras diciendo que Es un misterio que haya ministros en ministerios con tan poco criterio y encima, para rematar la faena, me sale una rima consonante.

Mustés, la raíz griega de misterio, significa “iniciado” y está indisolublemente unida con musterión y mustikós, vocablos que no ofrecen demasiada dificultad en su traducción respectiva, misterio y místico, lo cual quiere decir que a menudo hablamos un griego muy puro y muy antiguo sin saberlo.

Cuando decimos de alguien que es un iniciado o que está iniciado en algo, impepinablemente pensamos que esa iniciación se refiere a algún tipo de saber especial, no apto para cualquiera. A nadie se le ocurre pensar que Fulanito, que se lo sabe todo de las  Guerras de las Galaxias, sea un iniciado. Será un experto o un friqui, pero no un iniciado. El saber al que nos referimos es especial porque, entre otras, no puede ser accesible a todo el mundo. Si no es accesible, significa que es secreto y si es secreto, tiene muchas posibilidades de ser sagrado (sagrado/secreto o sacratum/secretum no son, por lo tanto, paronomasias porque sí pertenecen a la misma familia). Y al mencionar la palabra sagrado en relación con secreto, nos adentramos en el mundo de la religión, el misterio y la mística. (El lugar donde los católicos custodian la sagrada forma se llama sagrario, sacra-ara, altar sagrado).

Nuestros maravillosos místicos Teresa de Jesús y Juan de la Cruz, además de excelsos escritores, fueron iniciados en el conocimiento de Dios. Pasadas las vías purgativa e iluminativa, ingresaron en la divinidad mediante la unión inefable, que lo es precisamente porque no se debe /se puede hablar de ello (ine-fable significa sin habla). Es un misterio, un arcano, un secreto. Hacerlo público sería cometer sacri-legio, o sea, leer, desvelar lo sagrado, robarlo a los depositarios del secreto; nigromantes, magos, hechiceros, adivinos, sacerdotes, ministros de Dios cuyo oficio consiste en administrar los misterios y los sacramentos, con lo cual ¡ministerium y misterium, aunque no procedan de la misma raíz, se acaban encontrado por contigüidad de sentido o complementariedad!

Otra de las características anexas al misterio es que revelarlo o desvelarlo puede acarrear males como la muerte, que es lo que le sucedió al poeta Esquilo por ser un bocazas. Al menos eso dice la leyenda.

En la Grecia de Esquilo, primer gran representante de la tragedia griega, las religiones mistéricas, es decir, las que se basaban en misterios y ocultismos, más importantes eran el culto a Mitra, los ritos órficos y los misterios de Eleusis. Todas eran, consecuentemente, iniciáticas. El culto a Mitra, procedente de Persia, tuvo una gran aceptación entre los soldados romanos en los tres primeros siglos después de Cristo, los ritos órficos se basaban en la leyenda de Orfeo, el músico que regresa del Tártaro, infierno griego, y los misterios de Eleusis, consagrados a las diosa Deméter y a su hija Perséfone, se celebraban anualmente en Eleusis, ciudad de la región del Ática, muy cerca de Atenas, que es donde nació el bocazas de Esquilo.

Durante la celebración de los misterios parece que los iniciados tomaban un hongo alucinógeno, el cornezuelo del centeno, en forma de pócima, el kikeón sagrado, que los ponía en comunicación directa con la divinidad. (Es evidente que hoy lo explicaríamos a través del LSD del doctor Hoffman). Nada podía ser revelado. Esquilo cometió la imprudencia de hacerlo parcialmente siendo castigado por la ciudad. También se dice que recibió del oráculo de Delfos la profecía de que moriría aplastado por el techo de una casa. Esquilo decidió vivir en el campo, al aire libre, pero no pudo sustraerse al cumplimiento del vaticinio, porque un águila arrojó desde la altura una tortuga que fue a dar justo en la calvorota de Esquilo ocasionándole la muerte.

No resulta difícil completar la leyenda si tenemos en cuenta dos factores muy importantes relacionados con Zeus; el primero es una advocación del padre de los dioses, Horquio, que significa “guardador de los juramentos”, o sea, que no soportaba a los que se iban de la lengua y el otro era que tenía como atributo el águila en que, de vez en cuando, se metamorfoseaba. Blanco y en botella. No creo que haga falta dar más detalles.

La moraleja parece asimismo evidente: Mucho cuidado con irse de la lengua y contar secretos.

Lo único que espero es que no reciba yo ningún castigo por develar el misterio de la palabra misterio. Por si acaso, acabo de comprarme un casco a prueba de tortugazos.

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Nos encanta resolver misterios de palabras.