«La gaviota» de Chéjov en un dúplex

Dirigir actores en una obra de teatro es construir un discurso colectivo ante un público que paga una entrada para que lo engañen de la mejor manera posible, o sea, artísticamente. “El arte artificio pide” escribió Lope de Vega en su Arte nuevo de hacer comedias. Representar La gaviota de Chéjov en un dúplex de diseño moderno, con dos espacios escénicos unidos por una escalera y un público que deberá trasladarse según lo demande la acción, significa que hay que afinar mucho las herramientas y los artificios para que la actuación no resulte precisamente artificiosa. Si esto se produce, la creación y el vuelo están asegurados.

Cuando se trata de un teatro con su patio de butacas, sus palcos, el anfiteatro y un escenario elevado a cierta distancia, público y actores se sienten protegidos en sus respectivas zonas de seguridad. Es un teatro que llamamos “a la italiana”. Un teatro convencional perfectamente dividido y separado por la cuarta pared.

Si se rompe la cuarta pared, como es el caso de La Gaviota, los espacios se funden pero no deben confundir ni al público ni a los actores. Esa es una labor de dirección. Componer las acciones y los movimientos de los actores de manera que lleguen claros y naturales a un público no sometido al yugo de la más estricta frontalidad. No olvidemos que en el cine se mueve la cámara, en el teatro los actores. En cine, el punto de vista es múltiple; objetivo, subjetivo, con plano y contraplano, plano general, plano medio, primer plano, plano americano. Un punto de vista totalitario y panorámico que se enriquece cada vez más con los numerosos y sofisticados adelantos técnicos, entre los que destaca la steadycam o el uso de drones.

En el teatro a la italiana, sólo existe un único punto de vista: el del espectador sentado en su butaca con el escenario enfrente. El ritmo es ineludiblemente distinto. En el cine lo marca el montaje de los planos en la posproducción, es decir una ver filmada la película. Digamos que el ritmo se produce en diferido.

En el teatro el ritmo se produce en directo, en tiempo real; actuación y montaje van al mismo tiempo. Por eso, en el teatro es fundamental que todas las escenas tengan el ritmo adecuado a la acción dramática, teniendo muy en cuenta que no se debe confundir (en el cine tampoco) el tocino con la velocidad.

Hace un tiempo se puso de moda en cine y televisión los movimientos espasmódicos de cámara que cortaban continuamente la actuación de los pobres actores convertidos en maniquíes parlantes para mayor gloria del típico director exhibicionista, que tenía que dejar su impronta genialoide en cada secuencia, a costa de marear y torturar al espectador. En teatro he sufrido lo indecible con actores largando sus parlamentos a una velocidad increíble, sin poder respirar, no digamos ya matizar, y gritando como descosidos, medio afónicos, ante espectadores taquicárdicos al borde del infarto. Imaginaos lo anterior con un texto de Shakespeare. Estos ojos y estos oídos míos se lo han sufrido más de una vez. (Recuerdo con espanto que, tras asistir a una representación de Calderón dirigida por un director sádico que puso a los actores a gritar sobre un suelo de arena, -la arena absorbe watios a granel-, me fui a camerinos a saludar a un compañero a quien, tras abrazarlo y darle la enhorabuena por haber sobrevivido, le pregunté cómo conseguía conservar a duras penas la voz y me contestó lo que me temía; inyecciones de cortisona).

La cercanía del montaje de La Gaviota de Chéjov exige un modo de actuación mixta, a caballo entre el cine y el teatro. El cine repele cualquier amplitud gestual, cualquier exceso en la actuación. Por otro lado, el teatro convencional necesita una cierta gesticulación, un volumen de voz suficiente para llegar hasta la última fila, lo cual no significa que el actor deba sobreactuar. La verosimilitud debe ser el fin de una actuación eficaz en cualquier medio, aunque el código sea distinto. El teatro de ningún modo debe ser una patente de corso para el exceso.

Un buen actor es aquel capaz de actuar con la misma naturalidad en el teatro, en el cine o en la televisión, adaptándose a cada medio. Parafraseando a McLuhan, el medio es el mensaje. Hay actores de teatro muy buenos que, incapaces de cambiar el código, no ofrecen una actuación convincente en la pantalla y hay actores de cine que jamás se subirán a un escenario a causa del miedo escénico. Es mucho más fácil que un actor de teatro pase al cine que al contrario. Más de una estrella americana de la gran pantalla se ha estrellado en el West End londinense.

Nosotros, en La Gaviota, estamos trabajando para dosificar en la medida justa las actuaciones que deberán ser sutiles y muy matizadas para que resulten convincentes. Nada mejor que mover a los actores con naturalidad, midiendo mucho las distancias y los movimientos y enriqueciendo sus actuaciones con pequeños detalles que son los que crean el subtexto necesario para otorgar profundidad a la actuación. Poco a poco lo vamos consiguiendo.

Lo podréis comprobar en Septiembre.

Página oficial: La gaviota de Chéjov en el ático

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