Los sofistas

 

Si yo hubiera nacido en Grecia, más concretamente en Atenas, en el siglo V a.C., habría visto a Sócrates molestar a sus compatriotas haciéndoles preguntas intempestivas mientras intentaban comprar higos y queso en el ágora. Asimismo, y no una sino muchas veces, habría escuchado a Platón en su Academia echar pestes de la democracia y defender la tiranía de reyes-filósofos ante alumnos más o menos aventajados como un tal Aristóteles, quién más tarde le haría un coaching muy completito a Alejandro Magno. Y ¡por supuesto! me habrían cautivado las artes declamatorias de los sofistas, así como la profundidad y la variedad de los conocimientos que exhibían en sus larguísimos y bien estructurados discursos. (La gente prefería, en muchas ocasiones, oír a los sofistas que asistir al teatro).

Atenas en el siglo V a.C. fue el centro cultural y económico más importante del mundo conocido. Siglo y medio antes, los atenienses, en competencia comercial con los fenicios, habían fundado unas mil quinientas colonias en las riberas del Mediterráneo, sobre todo en la Magna Grecia, sur de Italia, y en Asia menor, actual Turquía. Se hicieron ricos.

Gracias a los numerosos esclavos que se ocupaban de las labores cotidianas, los ciudadanos disponían de una gran cantidad de tiempo libre para hacer lo que les viniera en gana. A algunos les dio por pensar. De un tirón inventaron la filosofía y la democracia. Les faltaban los sofistas.

Los sofistas llegaron de todas las colonias griegas del Mediterráneo dispuestos a ilustrar a unos atenienses, ricos pero catetos, bajo el práctico lema de:

“Dame una parte abundante de tu dinero y yo, a cambio, te entregaré una parte suficiente de mi cultura y de mi oratoria para que triunfes en la asamblea de tu polis, pues ten por seguro que haré de ti el político más convincente y persuasivo.”

En el nombre llevaban la bendición. Sofista, sofistés en griego antiguo, viene de sofía que significa sabiduría. Eran muy cultos y refinados, exquisitos y muy relativistas en todo menos en hacerse pagar las clases a precio de oro. Habían viajado por todo el mundo. Eso quiere decir que, en contra de los anteriores filósofos de la naturaleza incluidos Heráclito y Parménides, no pensaban que hubiera nada objetivo sino que todo dependía del color del cristal con que se mirara. Las leyes humanas eran, por tanto, convencionales, puesto que lo castigado en un lugar era permitido en otro.

Nada había esencial excepto el hombre que era la medida de todas las cosas y, como resulta que cada uno era hijo de su madre y de su padre, los sofistas no tenían ningún problema en defender una causa y la contraria. Todo dependía del color del dinero con que se les pagase.

La democracia ateniense era asamblearia. Los ciudadanos, que alcanzaban un cierto nivel de renta, tenían derecho a discutir y a decidir sobre todos los asuntos que concernieran al gobierno de la polis (de ahí política). Desde mandar al pobre Sócrates a que tomara la cicuta por pesado, hasta elegir al general, strategos, que los llevaría a la victoria en la guerra contra los Persas. Para triunfar en la asamblea, se hacía imprescindible disponer de los mejores recursos retóricos y oratorios.

Problema matemático:

 

Teniendo en cuenta este extenso enunciado general, y visto cómo se la gastaban los sofistas a la hora de cobrar sus clases, calculad cuánto podrían ganar al año con el coaching.

Notas complementarias:

1º. En aquella época Atenas contaba con 200.000 esclavos y 20.000 ciudadanos.

2º. Se dice que Gorgias, el más afamado sofista, regaló al oráculo de Apolo en Delfos una estatua de sí mismo en oro y de tamaño natural. A eso se le llama no tener abuela.

Nota muy importante: Estad tranquilos que yo no cobro mi peso en oro por el coaching.

Estamos deseando leer las soluciones al problema matemático