Empezaré esta vez por la conclusión que dice así:

Si al intentar memorizar un texto para un discurso o un parlamento de teatro, hay una frase que te resulta imposible retener, por mucho esfuerzo que hayas realizado repitiéndola cien veces, comienza a pensar que la dichosa frase, o está mal construida, o es tan enrevesada, que lo mejor que puedes hacer es cambiarla por una construcción más sencilla y, si no encuentras la solución, no te preocupes. Lo único que debes hacer es estar muy atento al error-acierto que, más tarde, más temprano, se producirá. Dios escribe recto con renglones torcidos. Lo cual significa que habrá una vez en que, al equivocarte, acertarás sin saberlo, sustituyendo la frasecita de marras por otra más adecuada que, entonces sí, recordarás muy fácilmente. La memoria reparadora y la inteligencia intuitiva han vuelto a solucionar el problema.

Dicen los que de esto saben que hay ocho tipos diferentes de inteligencia. Bueno es saberlo porque, a partir de ahora, habrá que tener mucho cuidado con llamar a una persona “tonta”, pues lo más probable es que sea muy lista en algún aspecto que se nos escapa. Menos mal que el lenguaje viene en nuestra ayuda y establece la expresión “rematadamente tonta” con lo cual venimos a indicar de una persona que es tonta por completo con respecto a los ocho tipos de inteligencia que existen, cosa prácticamente imposible, por otro lado.

¿Y la memoria? ¿Cuantos tipos de memoria habrá? No lo sé, no soy ningún experto. Lo que sí sé es que debe haber un lugar de encuentro en nuestro cerebro donde la inteligencia intuitiva y la memoria, que yo llamo reparadora, se citan y se conchaban para sacarnos del apuro. A lo mejor, sin darme cuenta, les he cambiado los adjetivos y realmente se llaman al contrario, inteligencia reparadora y memoria intuitiva, es decir, he cometido un error-acierto, pero el caso es que lo importante es que se reúnan y nos echen una mano. Sucede siempre de forma imprevista. En algún momento salta la frase alternativa y ¡zas! ya la tenemos en el morral.

Le sucedió la otra noche, precisamente, a la actriz de la melena rubia en pleno ensayo. Publico por la mañana el artículo Memorizar un discurso. Calígula y la actriz de la melena rubia, donde comparte a medias protagonismo conmigo, y, por la noche, la tengo chocando una y otra vez con una frase que se le resistía hasta que ¡por fin la resolvió intuitivamente! Parecía una frase sencilla, pero no lo era en absoluto. Para ser precisos, lo que no era sencillo era el contexto donde la frase estaba enmarcada. La actriz no se había percatado conscientemente de ello, yo sí, pero, muchas veces, lo mejor que puede hacer un director es no dirigir y dejar que el actor resuelva el problema. Si después de un tiempo, uno ve que el actor no puede, entonces sí, entonces hay que ayudarlo.

Esta vez no fue así del todo. Viendo cómo la actriz chocaba contra la frase y se desesperaba lógicamente, con el riesgo de que el parlamento completo se enquistara y le impidiera concentrarse en el papel, (hay parlamentos en una obra o párrafos en un discurso en los que hay que tener mucho cuidado para que no se lleven por delante el papel o el discurso entero) intenté esa misma mañana corregirlo sin resultado alguno. No supe construir una frase alternativa sencilla. Culpa mía, sin duda. El contexto era el siguiente:

“En medio de tanta vanidad herida y de tantas viles cobardías, sólo las tuyas y las mías son razones puras”.

He subrayado la parte que la actriz no conseguía decir nunca correctamente. O bien la cambiaba sin sentido, o se trabucaba y se quedaba momentáneamente parada, o se cagaba, con toda la razón del mundo, en todos los dioses del Olimpo.

El texto estaba malísimamente traducido. La rima asonante en –ía (herida-cobardía, mías) formaba un ripio espantoso y si a eso hay que añadir que, lo que pudiera constituir una estructura paralela; de tanta vanidad herida/de tanta cobardía vil, el traductor lo convierte en una disimilitud, en una irregularidad por tanto, de tanta vanidad herida (singular)/de tantas viles cobardías  (plural) uno se explica el porqué la actriz de la melena rubia se equivocaba una y otra vez. Lo cual habla muy bien de ella. Primero porque tiene sensibilidad musical y, por eso, inconscientemente se rebelaba contra el ripio horrible en -ia y segundo, porque su inteligencia reparadora y su memoria intuitiva le hacían ver que la estructura paralela introducida por de tanta no era tal.

Y entonces esa noche se produjo el milagro. Cuando estaba a punto de chocar una vez más, se produjo el encuentro entre su memoria reparadora y su inteligencia intuitiva para reescribir la frase que quedó así, limpia y tersa como una patena:

“En medio de tanta vanidad herida y de tanta vileza, sólo las tuyas y las mías son razones puras”.

Rompió el ripio espantoso y reconstruyó el paralelismo.

Ella descansó y yo también.

 ¿Cuándo has trabajado el texto en voz alta se ha producido algún momento de error inicial que se ha convertido en un gran acierto?

 

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