El público, la audiencia, el respetable, es una unidad expectante que, ante un espectáculo, se constituye en silencio para valorar y disfrutar, y cuyas reacciones, en general, suelen ser proporcionadas al grado de placer obtenido. (El silencio es condición sine qua non, si bien se puede romper cuando el espectáculo es de risa o el orador introduce una broma en forma de chiste o de imagen humorística, o son de tal calibre los sentimientos, que a través de las palabras llegan a la audiencia, que haya espectadores que lloren a moco tendido y enjuguen sus lágrimas con un pañuelo de papel o de tela.)

El público paga de dos maneras; una, medible y objetiva mediante dinero contante y sonante, otra, subjetiva y sonora, mediante el aplauso.

Lo ideal es que el público pague muy contento las dos veces. En la primera se diga a sí mismo: “Hemos rentabilizado la entrada, no ha sido dinero perdido” y en la segunda haga ostensible su agrado mediante el aplauso y, si el espectáculo le ha producido un gran placer, el querido y respetable público disponga de una gran variedad de manifestaciones, nada excluyentes, tales como ponerse en pie, sonreír mucho por boca y ojos, aplaudir muy sonoramente y por largo tiempo, gritar “Bravo” y otros vítores por el estilo, y todo ello de forma complementaria y sincrónica.

Cuando se dan todos estos factores, sin que falte ninguno, se produce el éxito y entonces el orador sale por la puerta grande. Y digo orador porque, el público siempre es fiel a sí mismo, es decir que está a la espera de ser seducido, lo mismo da que sea una película, una serie de televisión, una obra de teatro o un discurso. Ya hablamos en un artículo anterior El coaching nació en Grecia  de cómo en la Grecia clásica, cuna de la oratoria, la democracia y el teatro, a menudo los atenienses, con muy buen tino,  preferían escuchar los elaboradísimos discursos de los sofistas que asistir a una tragedia en Epidauro.

Respetable. Lo he puesto anteriormente en negrita adrede porque me parece a mí que este sinónimo, el respetable, sustituyendo al sintagma respetable público, señala muy certeramente la relación que el actor u orador debe mantener con él. Malamente se puede respetar a alguien si uno entabla batalla con él. De ahí que no me guste demasiado la expresión enfrentarse al público. Aparte de falsa, puede confundir mucho, como podrás comprobar, respetable lector o lectora, en el próximo vídeo.

Si la misión básica de quien se pone y se expone delante de un público es seducirlo, cautivarlo, fascinarlo, deslumbrarlo, metérselo en el bolsillo, no es lógico tratarlo como a un enemigo.

Al público no se le vence, se le convence. El público no es un enemigo, sino un amigo que espera obtener un gozo y un disfrute. El público es un espectador expectante que asiste a un espectáculo, lo mismo da que sea una obra de teatro, un ballet, el recital de un cantante o un discurso.

Acudamos ahora a nuestra madre, el latín, para que nos ilumine acerca de un par de palabras distintas, pero muy próximas y complementarias:

Expectare, “esperar”, “aguardar”; expectator, “el o la que espera”; expectatio, “deseo”, “curiosidad”… De ahí viene expectación, expectativa, expectante.

Spectare, “contemplar”, “observar”; spectator, “contemplador”, “observador”, “que aprecia, que valora”; spectatio, “acción de mirar”, “vista”; spectaculum, “lo que se ofrece a la vista”, en plural spectacula significa, por metonimia, “gradería”, “asientos de un circo o un teatro”.

Como buena y solícita madre, seguro que el latín, una vez que hemos hecho las tareas, nos va a permitir jugar un poco con sus palabras, como si fueran canicas encaminadas a juntarlas todas en un mismo agujero, que tiene por nombre: Espectáculo.“Has estado espectacular” le podríamos decir perfectamente a un amigo que acaba de pronunciar un discurso que nos ha dejado embelesados.

Expectare-spectare; esperar a ver un espectáculo o sentirse expectante, impaciente por verlo. Expectator-spectator, el que siente curiosidad o deseo de ser alguien que contempla un espectáculo desde un asiento; expectatio-spectatio, la expectación que produce ver un espectáculo del que nos han hablado maravillas o asistir a una conferencia de un prestigioso sociólogo que habla muy bien.

Podríamos hacer multitud de juegos combinatorios con estos vocablos y todos definirían a esa unidad de destino de nuestras palabras, llamada público. Ese perro bonachón y lanudo, que se sienta en el suelo a nuestro lado mientras nosotros, cómodamente sentados en el sofá, vemos una película en televisión, y al que basta que lo miremos con amor y lo llamemos por su nombre, para que se suba al sofá y mueva el rabo.

¿Qué otros juegos combinatorios se pueden hacer?