Existe un tiempo cronológico, objetivo, exacto para todos, aquel que con precisión pasmosa marcan los relojes digitales de última generación y existe un tiempo interno, personal e intransferible que pertenece a una sensación subjetiva, a una impresión íntima: “La conferencia ha sido muy larga” o “¡Qué corta se me ha hecho la obra!”. Nunca nada durará lo mismo para cada subjetividad, pero hay que intentar elaborar un discurso o montar una obra de teatro para que el público no sea consciente del tiempo. Un tiempo a medida del no tiempo, un tiempo que evite que el espectador mire el móvil, al techo o se remueva en la butaca. Entonces el tiempo se convierte en ritmo, el discurso en torrente y la obra en espectáculo. Es decir, se trata de crear el tiempo a tu medida y a la del oyente en el discurso.

Es mi mayor obsesión cuando monto una obra o preparo un discurso. No aburrir, evitar que el espectador mire a otro lado que no sea lo que se está produciendo en la escena, atraparlo sin piedad para que no tenga tiempo de pensar en el tiempo que falta para que acabe la representación o la conferencia, instalarlo en el ritmo y que no se salga nunca. Un espectador que se va es un espectador que no vuelve.

San Agustín se preguntaba:

“¿Qué es, pues, el tiempo? Si nadie me lo pregunta, lo sé; pero si quiero explicárselo al que me lo pregunta, no lo sé. Lo que sí digo sin vacilación es que sé que si nada pasase no habría tiempo pasado; y si nada sucediese, no habría tiempo futuro; y si nada existiese, no habría tiempo presente”.

Una pregunta bastante retórica, pues define muy bien el tiempo y de pasada, sin pretenderlo, el ritmo.

Marco en negrita los verbos pasar, suceder, existir porque, siendo muy similares en el contenido, son diferentes en la forma. Dicen prácticamente lo mismo de manera distinta. Eso es el ritmo; repetición y variación al mismo tiempo y en el tiempo. “En la variación está el gusto”, dice sabiamente el refrán y la variación es mezcla.

No se trata en un discurso de acosar al espectador con un torbellino de ideas y no dejarlo respirar. No se trata en un montaje de meter a los actores en una acción atropellada y vertiginosa, entrando y saliendo de escena a velocidad supersónica. Eso no es ritmo, eso es frenesí. No hay que confundir el tocino con la velocidad.

El ritmo tiene que ver con el tempo y la medida, con la sucesión de secuencias variadas, con lo multicolor frente a lo monocorde.

Recuerdo cómo me aburrí soberanamente con una obra de teatro que duraba exactamente una hora. Pasaban muchas cosas pero parecía que todo era igual, de una monotonía pavorosa. Las escenas se caían continuamente porque las pausas y los silencios no eran significativos sino reiterativos. En un discurso o en una obra de teatro, las pausas y los silencios deben estar llenos de intención.

Sobre todo en los tiempos que vivimos, tan acelerados y fragmentarios, donde el zapeo es el rey en todos los ámbitos. No solo es la nuestra una sociedad líquida, sino que lo poco sólido que hay, está fragmentado. Estamos perdiendo vertiginosamente el sentido de la escucha y la atención sostenida. Entonces ¿cómo es posible que se atreva el que esto suscribe a montar una obra como Calígula que tendrá una duración de dos horas con diez minutos de descanso? Y eso que la he cortado. ¿Me habré vuelto loco? Nada más representarla, ¿me iré a combatir molinos de viento o me refugiaré en un hotel en la montaña? Ni mucho menos.

Si en los discursos trabajo a medida del cliente, que para eso paga, cuando dirijo, trabajo a la medida del riesgo. Hay que arriesgar. Todo está dicho. No hay más remedio que encontrar otro lenguaje, otra forma de decir lo mismo. Variación y repetición, pues nada se crea de la nada. Estoy montando Calígula a partir de imágenes muy potentes que entren como una exhalación en el espectador y lo inunden. Las imágenes se licuan en el cerebro del espectador y allí se constituyen en cascada. Eso por un lado, por el otro, es fundamental la combinación de escenas dramáticas con escenas cómicas. Un texto, tan hermoso y tan filosófico como Calígula, exige resaltar aquellas escenas donde el humor es una corriente sutil que se desliza por abajo e incluso, lo más complicado, hacer que una escena dramática tenga un punto de fuga hacia el humor y al contrario. Se trata de que el espectador respire. Hay que agarrar al público con cuerda elástica sin soltarlo nunca.

Lo mismo debe suceder en un discurso. Es fundamental, para conseguir un ritmo a la medida del oyente, combinar, mezclar y variar. Saber, en suma, sacar distintas caras a una misma idea, presentarla con diferentes formas, darle coloratura. Crear ritmo. Por eso es tan importante el uso de la metáfora o imagen que rompa la conceptualización. Es en la mezcla de conceptos e imágenes, en la combinación de análisis y anécdotas, en lo serio y lo humorístico, en las pausas significativas, en las miradas al público, cómo conseguiremos tenerlo atrapado, cautivado hasta el final.

¿Cómo trabajas el tiempo en los discursos que preparas?

 

¿Crees que el ritmo de vida acelerado o sosegado puede se refleja en nuestras comunicaciones con los demás?

 

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