Leo y releo que cada vez somos más permisivos con las faltas de ortografía y me pregunto si esto es verdad realmente. En otro lado, leo que es inadmisible publicar un texto con errores y la sentencia constituye una verdad como un templo. En otro medio social, observo patidifusa el acoso y el derribo que sufren algunos autores a través de las redes sociales porque en su texto hay una errata o un fallo ortográfico. Reacciono con sorpresa cuando se retuitean los errores ajenos con mofa, sarna y escarnio público. Me llevo las manos a la cabeza cuando alguien se queda sin argumentos y solo es capaz de responder: “Cuando aprendas a escribir, discutiremos el tema”. Entonces me pregunto: ¿Es posible un texto perfecto, sin errores de ningún tipo?

Como siempre, opto por la mesura y por el equilibrio:

“El problema no es que haya un fallo ortográfico, sino que el texto esté plagado de errores”.

En una ocasión leí un artículo por internet (qué pena no recordar el nombre del autor ni del blog para poderlo citar adecuadamente, al cual le pido disculpas anticipadas por apropiarme de la cita) que decía lo siguiente:

“Por cada fallo que se encuentra en un texto, han sido corregidas cien faltas o más”.

Lo primero que hay que tener claro es que un fallo no tiene por qué ser solo ortográfico, sino que puede ser tipográfico (trasposición de letras), semántico (repetición de la misma palabra en una página o en varias –de hecho, una vez leí una crítica de un libro donde se tachaba al autor de mal escritor y de falta de estilo, pues repetía un término tres veces a lo largo de veinte páginas–), gramatical (ausencia o presencia de una preposición) o sintáctico (falta de concordancia entre el sujeto y el predicado o desorden de los miembros de la oración).

Por ello, es bueno que exista una mirada externa y ajena al texto, pues estas faltas son solventadas por los correctores en las revisiones ortográficas y de estilo. Pero en el proceso de publicación de un libro no solo intervienen los autores y los correctores, sino que es una cadena donde también están los revisores de pruebas, el maquetador, el impresor, el editor… ¿y si alguno de ellos considera que hay un error y al corregirlo, inocentemente, lo que hace es lo contrario? Es una cadena humana y, por lo tanto, es fácil y hasta comprensible que algo se pase o que algún cambio de última hora termine en un desaguisado.

Por ello, el problema no es que haya un fallo, pues este sería fortuito, sino que solo haya errores. Creo que nunca me he leído un libro que esté libre de alguna falta.

“Que tire la primera piedra el que esté libre de pecado”.

Desde que empecé con este proyecto, Palabras a medida, hace ya más de un año y medio, tuve muy claro un aspecto que consideré y sigo considerando esencial para la empresa que quise construir: el respeto a la lengua española y, aún más importante, a las personas que hacen uso del lenguaje de forma diaria.

Entiendo el proceso por el cual el periodista y el periódico erraron en el titular “Pablo Alborán, reina en la música española” (La coma: usos incorrectos y correctos). Probablemente fuera un cambio de última hora.

Las prisas nunca son buenas consejeras. El nivel de trabajo y de estrés que soportan los periodistas, cuya herramienta de trabajo es el lenguaje, supera con creces cualquier cosa que se pueda imaginar. He visto a compañeros llorando, literalmente, porque en un día tenían que escribir dos reportajes, cubrir una rueda de prensa, realizar una entrevista, volcarla sobre el papel y redactar tres noticias de última hora acaecidas durante la jornada. Estamos hablando, aproximadamente, de la redacción de unas cuatro páginas de periódico, a letra pequeña y con las prisas como fiel compañera. ¿Cómo no se va a escurrir algún error?

Después, el jefe de sección o el corrector de estilo (si es que esta figura sigue existiendo en las redacciones) corrige y lee todas las noticias que saldrán publicadas al día siguiente. También entiendo que, después de ocho o de diez horas de trabajo, la vista no sea precisamente la de un lince. Cuando te has leído en el mismo día cuatro versiones de un texto, la capacidad sorpresiva desaparece y ese artículo se convierte en una prolongación de tu ser. Habrá que sumarle los exabruptos propios de la jornada: una noticia de última hora, la ampliación de la sección porque algo se ha caído en otro lado, un problema de rotativas, una foto que no llega, un debate acalorado con los órganos directivos…

Entonces, está el periodista titulando la noticia: “Pablo Alborán, cantante malagueño, reina en la música española”.

-¡Mierda, el titular ha quedado muy largo! Voy a intentar comprimir el espacio entre las letras.

Comprime el espacio y el titular sigue siendo como la cola de un ratón: larguísimo. Por ahí, anda el jefe de sección gritando:

-Luís, ¿qué te queda? Cerramos rotativas en cinco minutos. Mándame de una vez la p… noticia, que no llegamos.

Y Luís, al que se le están cayendo los goterones de sudor por la frente y al que el cerebro le echa humo tal cual olla exprés a punto de estallar, piensa para sí:

-¡A la mierda! Fuera la aposición.

Se le olvida quitar una coma. El jefe de sección ni se da cuenta. La noticia sale publicada al día siguiente. Luís, cuando se levanta, ve que su error ya ha sido objeto de burlas. Se echa las manos a la cabeza, corre al periódico y cambia el titular de la versión online apesadumbrado porque su jornada anterior fue solo para valientes y se le escapó un solo error después de cuatro páginas que había escrito con la lengua fuera porque no llegaba al cierre de rotativas.

¿Lo entiendo? ¿Soy capaz de ponerme en el lugar de Luís? ¿Me habría podido ocurrir lo mismo? ¿Sería capaz de vapulearle públicamente?

Importante es escribir bien, es decir, tener la intención y la preocupación por lograr comunicar el mensaje con efectividad, por escribir sin fallos (ortográficos, gramaticales, sintácticos o léxicos) y por mejorar la escritura en tanto estilo, técnica, formas y reglas. Siguiendo al Arcipreste de Hita, creo que hay que poner el esmero más en el arte de versificar y en hacer trovas sin pecado, que en moralizar. Aplicado a este asunto, si alguien se esfuerza y muestra interés y preocupación por lograrse un estilo, una ortografía y un léxico cuidados, quién es nadie para juzgarlo y vilipendiarlo públicamente.

El problema no es cometer un fallo, sino solo tener fallos.

En cuanto leo un texto advierto si el error es fortuito o es dejadez. No hay que perseguir el fallo ni criticarlo, sino la falta de preocupación. Si en una novela de 300 páginas nos encontramos con un solo error, por ejemplo, de acentuación, ¿qué porcentaje constituye ese fallo? ¿Es fortuito o es dejadez?

José Antonio Marina en Teoría de la inteligencia creadora afirma:

“Una forma de ampliar la mirada consiste en mejorar nuestra capacidad de discriminación. El cardiólogo que ausculta a un paciente no tiene mayor agudeza auditiva que otra persona con buen oído, pero percibe más información”.

El corrector de textos trabaja con los ojos, que son unos órganos visuales y no son máquinas automáticas. El profesional de la corrección es como Sherlock Holmes, quien sentenciaba:

“Solo se puede ver lo imposible si se lo está buscando”.

Ha educado su mirada para discernir el fallo, el error, la ausencia. Discrimina y busca la falta. Limpia, fija y abrillanta el texto. José Antonio Marina continúa:

“Otra ampliación producida por el juego de la facultad de ver es la percepción de la falta. (…) Siempre anticipo información, estoy a la búsqueda. Desde lo que sé, preveo lo que voy a ver, y si la percepción no corrobora mis expectativas siento una disonancia que interpreto como experiencia de la falta. Advierta el lector que esta facultad de ver desde el proyecto amplía notablemente el ámbito de la mirada, que se convierte en juzgadora”.

Así las cosas, el corrector es un especialista en percibir la falta y el error. Es una mirada juzgadora, nunca sentenciadora. Pero ¿es perfecta? ¿Existe el texto perfecto? ¿Existe la perfección como máximo ideal de belleza, de pulcritud, de moralidad, de actuación, de espíritu, de forma de vida?

La perfección total es imposible, pero como aspiración ya es perfecta en sí, porque es lo único que garantizará que el texto quede libre de errores o, que al menos, solo contenga el uno por ciento de fallos o de erratas.

Por eso, nuestro proceso de corrección de textos exige tiempo, cuatro ojos y varías lecturas del documento lo más espaciadas posibles para asegurar esa distancia y aspirar a la máxima perfección posible.

¿Es posible eliminar ese uno por cierto?

 

¿Los correctores automáticos y los procesadores de textos son más efectivos que el ojo humano?

 

¿Es posible un texto perfecto, sin errores?