Lo predecible y lo imprevisto

El caos, palabra de origen griego para variar, tiene una mala fama inmerecida. Todo el mundo ha oído la metáfora de que el vuelo de una mariposa en un lugar del mundo puede ocasionar un tsunami en su antípoda, lo cual ha producido cierto malentendido con la pobre mariposa a quien ya no se la ve como ese insecto volátil, cromático y alegre que anuncia la primavera, sino más bien como un presagio negro de alguna catástrofe. Pues no. No hay que exagerar. La mariposa seguirá siendo un animalillo bellísimo, dicharachero y polinizador, que dará origen a muchas plantas que producirán flores que ofrecerán sus cálices y sus pistilos a otras mariposas para que la creación prosiga su irremisible curso hasta el fin de los tiempos que no tienen fin. Y si de vez en cuando se produce una tempestad, es porque el mundo gira, la mariposa vuela, el orden tiene sus reglas y el caos sus imprevistos y encima se llevan bien porque, en contra de lo que pueda parecer, todo forma parte del Todo.

Los griegos lo tenían muy claro. No solamente ponían en pie de igualdad Eros, pulsión de vida, y Tánatos, pulsión de muerte, sino también Orden y Caos como elementos imprescindibles y complementarios de la Armonía. Sabían perfectamente que el caos no es sólo cosa de físicos-matemáticos con sus alambicadas teorías acerca de las catástrofes, las incertidumbres, las incompletitudes, los relativismos y las realidades cuánticas, sino que nos pertenece a todos, empezando por los artistas, siguiendo con los actores y acabando en los discursos y toda la gente en general con nuestras vidas monótonas y cotidianas hasta que surge lo imprevisto. Caos es lo imprevisto, lo impredecible, la sorpresa que acecha al doblar la esquina. La vida.

Por eso como director, cada que vez que voy a un ensayo pertrechado con mis esquemas y seguridades, mis planos de movimientos, mis ideas sobre los conflictos y las actitudes, debo reservar una parte importante de mi alma a los benditos imprevistos.

Houston, el gran director de cine americano, decía que muchas veces, al plantear una situación determinada a los actores, estos solían casi siempre mejorar sus planes.

Es muy importante no encerrarse en los esquemas previos. Hay que estar abiertos a la sorpresa, a las equivocaciones. Son un material magnífico. Puedo asegurar que el ochenta por ciento del montaje de Calígula se lo debo a los imprevistos. Un actor que, en vez de colocarse en el sitio prefijado, se equivoca y, al equivocarse, acierta. Esa actriz que, en un momento determinado de su parlamento, carraspea o tose y esa acción espontánea se convierte en un registro más para el personaje.

De la idea inicial de un Calígula que sale por primera vez a escena empapado por la lluvia, después de vagar tres días desconsolado por la muerte de su hermana y amante Drusila,  a la escena donde habla con Helicón de que su gran misión es coger la Luna, esta empezó a desarrollarse de un modo tan imprevisto y sorprendente que ha vehiculado todo el montaje. O la vez aquella en que una actriz apareció con un foulard rojo y originó toda la estética del montaje cargándose dicho color de multitud de significaciones.

Un director debe llevar consigo una buena antena parabólica para captar los detalles imprevistos, las equivocaciones preñadas de sentido.

Lo mismo ocurre a la hora de preparar un discurso. Uno debe preparar el discurso para dejar que el propio discurso tome las riendas. No es bueno ir con unos esquemas demasiado rígidos porque entonces no podremos abrir las puertas al azar, al caos.

Es más, a veces, es mejor no tener nada preparado de antemano, jugar con la indefinición y la incertidumbre, dejarse inundar por el caos, que este se adueñe de todo, a condición de seguir andando y controlar la impaciencia.

Lo peor de la página en blanco, no es la página en sí, sino la impaciencia por escribir algo. Ayudar a controlar la impaciencia del actor por sacar el personaje o del orador por tener cuanto antes un discurso, es labor del director y del coach.

Porque, normalmente, cuando el actor está nervioso e impaciente por tener a su personaje, suele cargarse de sentido, de significado. A todo le quiere buscar una explicación. Muchas veces el director debe rehusar las explicaciones, que sólo hacen entorpecer  al actor y enterrarlo bajo la pesada losa de la sicología. Yo no soy muy dado a dar explicaciones sobre los personajes o las minimizo cuanto puedo. Tampoco me gusta fijar un esquema de antemano en un discurso. Es mucho mejor dejarse llevar por ideas inconexas al principio, acogerlas con benevolencia y dar un tiempo a que ellas mismas, de un modo imprevisto, se vayan relacionando y estableciendo sus jerarquías y prevalencias. Llegará un momento en que todo se ordene de forma, podríamos decir, milagrosa. No hay ningún milagro. Es el caos que por abajo nos ha estado trabajando sin nosotros saberlo y que en un momento dado, sin prisas pero sin pausas, ha salido a la superficie y se ha puesto, por fin, una cara en la que reconocernos.

¿Cómo gestionas el caos?