A veces la verdad tiene doble cara, es decir, que tan cierta o verdadera puede ser una cosa como su contraria. Las frases hechas tienen sus contrafrases. Es un tópico afirmar que una imagen vale por mil palabras. Las imágenes de guerra o de desgracia colectiva, por ejemplo, son lo suficientemente demoledoras para que entren como una exhalación en nuestra conciencia y nos hagan enmudecer. Sin embargo, no es menos cierto ni menos verdadero que, con frecuencia, una palabra pueda suscitar un sinfín de imágenes. En un discurso, el uso de imágenes es imprescindible si se quiere llegar al público. Una buena imagen es capaz de atravesar de parte a parte un discurso y provocar un estallido, dándole un significado sorprendente o sintetizarlo de forma prodigiosa.

Sucede en estos tiempos más que nunca, donde la imagen icónica, reproducida en una gama infinita de pantallas y medios, reina casi en solitario. La palabra ha perdido importancia en detrimento de la imagen. Nos resulta cada vez más difícil escuchar una exposición de una hora. El continuo impacto de imágenes vertiginosas ha disminuido nuestra capacidad de escucha. Quizás eso explique, en parte, la decadencia del teatro frente al cine y la televisión.

Sin embargo…

“Una palabra tuya bastará para sanarme”, se afirma en el evangelio de Mateo. “Una palabra bien dicha puede crear mundos” digo yo, metafóricamente. Pues se trata de eso, de imaginar mundos con palabras, que es la esencia de la metáfora, para que un discurso, cualquier discurso, seduzca al espectador.

Mientras más potentes sean las imágenes que la palabra provoque, más carga significativa tendrá el discurso. La metáfora es una herramienta que, usada convenientemente, es capaz de despertar a un público aburrido de un letargo letal, o levantarlo de la butaca si ya está atento. (No obstante hay que tener cuidado con las metáforas. Demasiadas pueden anularse mutuamente, saturando el discurso, de la misma manera que un exceso de sonido produce ruido. Fijaos que se ha puesto de moda un tipo de música que no concede espacio al silencio o a la pausa. Especialmente ocurre con una  larga lista de cantantes tipo Whitney Houston que cantan siempre en la misma tesitura. También sucede con poetas demasiado metafóricos que hacen ininteligible el poema).

Una metáfora es un traslado, una transferencia, generalmente por analogía, de un elemento a otro. Una metáfora muerta (vacía de significado por un uso constante) es la falda de una montaña donde transfiero la parte baja de la montaña a la parte baja de la mujer vestida con falda. Hay muchas, la serpiente multicolor referida a un grupo ciclista o la rabiosa actualidad que, de tanto decirla, ni es rabiosa ni es actual.

Una metáfora, y ahora me pongo metafórico, es un cohete en el cielo, una central eléctrica para iluminar una habitación, un chico guapísimo o una preciosa joven que se sienta enfrente de nosotros, en el Ave a Madrid, a las seis de la mañana.

En un discurso, una metáfora debe ser una sorpresa, un imprevisto, una imagen que, en un momento dado, sea capaz de cambiarlo todo, de decirlo todo, de resumir, en una frase apretada y certera, una exposición de una hora.

Cuando esto sucede, la metáfora es una condensación, una síntesis prodigiosa, capaz de galvanizar a todo un pueblo. Ahí está el discurso: “Sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor” (en inglés blood, toil, tears and sweat), abreviado después en Sangre, sudor y lágrimas, que pronunció Winston Churchill, el primer ministro británico, ante la Casa de los Comunes el 13 de mayo de 1940, ocho meses después de haber comenzado la Segunda Guerra Mundial, cuando las fuerzas aliadas estaban experimentando continuas derrotas frente a la Alemania nazi. He aquí la frase completa:

I have nothing to offer but blood, toil, tears and sweat.

 

“No tengo nada que ofrecer sino sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor.”

Una metáfora puede también funcionar como obertura; una frase aparentemente normal, que se va cargando progresivamente a lo largo del discurso hasta adquirir una dimensión mítica, como el célebre discurso que Martin Luther King, el defensor de los derechos de los negros, pronunció en Washington y que es conocido por esa metáfora: Hoy tengo un sueño.

Es hora de una confesión, seguida de una anécdota. Si yo tuviera hoy que cursar una carrera, me iría disparado hacia Ciencias Políticas. Creo que estoy volviendo a mi primera juventud, porque esa era la carrera que yo quería hacer. Pero vino después una fuerte inclinación hacia la filosofía y la literatura y me “desvié”. Nada que el tiempo no “arregle”, si hay tiempo, lógicamente.

El caso es que me encanta la política internacional y la geoestrategia. Por eso suelo ver el programa de un canal alternativo donde verdaderos expertos, no tertulianos-sabelotodo, se dedican a analizar los últimos acontecimientos en el mundo. Los atentados en Francia y, consecuentemente, Siria, por ejemplo. El programa se centraba en analizar los porqués del horrible atentado y cuáles son los actores y la correlación de fuerzas que operan en el polvorín sirio. Entre estos actores destacan, sin duda, Estados Unidos, Francia, Inglaterra y la Rusia del zar Putin que, según, todos los analistas estaba volviendo por sus fueros de primera potencia mundial. Todos coincidían en que, en cierta manera, los bombardeos de Rusia sobre El Estado Islámico y otros grupos terroristas estaban sacando las castañas del fuego a la OTAN.

De entre todos los expertos, destacaba un profesor que tiene la virtud de adornar siempre sus análisis con imágenes sorprendentes, llenas de gracia y desparpajo. Es capaz de ilustrar lo más sutil y alambicado con una deslumbrante metáfora de andar por casa.

Hay una regla, al final del programa, consistente en que cada analista debe resumir su punto de vista en un minuto. Al profesor le sobraron treinta segundos, porque, en una sola frase restallante, sintetizó su intervención. “Iván ha vuelto”, dijo y todo el mundo sonrió y asintió.

Nota histórica: Iván es un nombre muy común en Rusia, equivalente a Juan. Por otro lado, es el nombre del famoso Iván el Terrible, Iván IV Vasílievich llamado Iván el Terrible  (1530 – 1584),  zar de Rusia (1547-1584). Fue el primero en llevar el título de zar (desde 1547) y es considerado como uno de los creadores del Estado ruso.

“Iván ha vuelto”. Blanco y en botella.