He sustituido dar esplendor por abrillantar, porque ya me parecía a mí demasiada desfachatez la mía de copiar literalmente el lema de nuestra Real Academia Española de la Lengua: “Limpia, fija y da esplendor”, pero resulta que no he encontrado nada tan apropiado y tan preciso como este lema dieciochesco para describir con exactitud, y en pocas palabras, lo que debe ser la corrección de estilo. Dar esplendor se podría prestar a equívocos, dada la polisemia de esplendor, pero, al sustituir dicho vocablo por brillo, en el sentido de sacar brillo a algo oscuro, la cosa queda muy clara.

Lo primero que habría que tener en cuenta es que, para tener un estilo, es de vital importancia no preocuparse por tenerlo (evitaríamos así mucha desazón y mucho tormento innecesarios) y ocuparse primordialmente por practicar una sintaxis correcta y usar las palabras adecuadas, con sus significados cabales, que se ajusten lo más posible a lo que queramos decir. (El estilo ya vendrá, si tiene que venir y si no, que no venga, como decía Pessoa).

Cortázar hablaba de que él solía cepillar muy bien las palabras (limpiarlas y sacarles brillo) antes de ponerlas en un papel. Nuestro gran humanista, Juan de Valdés, en su Diálogo de la lengua escribió:

“El estilo que tengo me es natural y sin afectación ninguna. Escribo como hablo; solamente tengo cuidado de usar vocablos que signifiquen bien lo que quiero decir, y lo digo cuanto más llanamente me es posible, porque, a mi parecer, en ninguna lengua está bien la afectación”.

Buscar la sencillez no es moco de pavo. Es algo extremadamente difícil. El paso imprescindible es saber redactar, lo cual implica una lucha continua, cuerpo a cuerpo, contra la oscuridad. Lo único que produce esta negra dama es confusión. (Hay que distinguir muy bien la confusión buscada -alguna trama, donde se dejan cabos sueltos adrede, con personajes un tanto desdibujados, para mantener en vilo al lector- de la confusión no buscada que es fruto de la falta de destreza. Lo tengo dicho muchas veces: Podemos describir claramente la confusión. Lo que no se puede es escribir confusamente sobre lo confuso).

Limpiar es la primera labor que debe hacer un corrector de estilo cuando se enfrenta a un texto. Limpiar significa eliminar la confusión mediante dos procedimientos complementarios: suprimir y ordenar.

Siempre escribimos de más, lo cual es lógico. ¿Cuál es, aparte del horror a la página en blanco, el más grande de los miedos a los que debe enfrentarse un escritor novel, que aún no tiene por lo tanto bien afilada la pluma? No ser entendido. Una angustia existencial, que provoca impepinablemente que se vayan acumulando palabras innecesarias y construyendo frases larguísimas, mal puntuadas, ilegibles por laberínticas y enrevesadas, de manera tal que ya no sabe uno cómo salir. Y así hasta el infinito y más allá. Al final, acabamos teniendo un mazacote y entregándoselo a un corrector de estilo. (Lo cual, por razones obvias, me parece una medida sensata, muy razonable y extraordinariamente lúcida).

En mi caso particular, cuando corrijo mis escritos, siempre ocurre lo mismo; quito mucho más que pongo. Me refiero, claro está, a cuestiones técnicas gramaticales y de vocabulario estrechamente vinculadas con la claridad expositiva. Otra cosa son los añadidos temáticos puntuales. A mí me gusta mucho corregir. Me lo paso muy bien, como Vargas Llosa, con el cual coincido cuando dice que él escribe para después corregirse. No hay texto mío que no se lleve una docena de supervisiones en primera instancia. Lo dejo reposar después un tiempo, como un buen cocido. En el caso de letras, y no garbanzos, (eso espero) el tiempo va desde varios días a un par de años. Depende de su extensión.

Ahora mismo, por ejemplo, estoy en la última fase de un libro de relatos cortos: El mundo abstracto y la cruda realidad que escribí hace dos años y ha estado hasta ahora durmiendo el sueño de los justos. Pues estoy deseando acabar este artículo para meterle mano. ¡Qué disfrute! No hay mucha diferencia con el placer que me ocasiona, a mi hija también, corregir estilísticamente un texto ajeno.

Corregir el estilo de un texto significa asimismo sacar la música que lleva dentro, abrillantar. Sintaxis significa básicamente orden, construcción. La melodía, que es la parte principal de una canción, se construye con escalas que, a su vez, se construyen con un número de notas. Para que la melodía suene como tiene que sonar, para sacarle todo el jugo y que brille, se necesita la corrección de estilo o armonía que acompaña a la melodía con acordes. Los arreglos.

Desde el punto de vista musical un corrector de estilo es un arreglista, aquel que pone armonía a la melodía, el texto del escritor.

Un texto está bien escrito cuando suena bien, es decir, cuando la melodía y la armonía van al unísono. Justo lo contrario del ruido, un texto mal escrito, aunque la trama sea muy interesante.

Según los entendidos, el sonido es único porque, tanto el musical como el ruido están hechos de la misma materia (ondas sonoras que se propagan por el aire), pero mientras las ondas musicales son cíclicas y tienen un forma definida (son, por tanto, previsibles), las ondas del ruido son amorfas e impredecibles.

Por eso, cuando un texto está bien escrito, se lee fluido. Uno puede adelantarse a lo que vendrá. Cuando un texto está mal escrito, se produce el caos. Nada es previsible. Uno lee a trompicones, reescribiendo, o sea, ordenando el caos para hacerlo legible.

¿Crees que la clave del estilo reside en la sencillez?

 

¿Qué opinas sobre el estilo y el ritmo en un texto?