Si afirmo que cualquier ser humano tiene un cuerpo y una voz y que ocupa un espacio concreto en un tiempo determinado, estoy diciendo una verdad de Perogrullo. Imposible ocupar un espacio fuera del tiempo, como tampoco se puede vivir en un tiempo sin tener un espacio donde situarse. Lo que ya no es tan evidente es que el cuerpo y la voz constituyen una unidad de destino indisoluble llamada presencia. A cada cuerpo le corresponde una voz característica, tan reconocible como el propio cuerpo. No existen voces independientes (a no ser que estén grabadas o uno sea un fantasma inglés a la búsqueda de una casa abandonada donde asustar).

Si me tuviera que definir a mí mismo en cuanto a estos parámetros, debería decir que escribo desde uno de los lugares más encantadores de la Costa del Sol, también conocida como Guirilandia, cuando son las seis y cuatro minutos del uno de julio de 2015 en que comienzo este artículo, tengo sesenta y un años, soy alto, calvo y poseo una voz bastante grave.

La fecha de nacimiento, la calvicie, la altura y la gravedad de la voz me fueron concedidas graciosamente en herencia genética. El uso que haga de mis años así como del cuerpo y de la voz depende de mí. Como actor, debo tener mis herramientas en perfecto estado de revista. Lo mismo que el orador. Un cuerpo cuidado y una voz agradable son elementos muy importantes para seducir. No me refiero a si uno es más o menos guapo o tiene una voz más grave o más aguda. La importancia de la presencia escénica consiste en ofrecer al público un saber estar en el espacio físico y sonoro. Muy a menudo un cuerpo no muy agraciado se embellece milagrosamente con una voz bien modulada y otras veces es preferible que una persona, por muy guapa que sea, permanezca en silencio, no sólo porque a lo peor es tonta de remate, sino porque, aun no siéndolo, no sabe controlar su voz o se expresa de una forma compulsiva invadiendo el espacio sonoro común, lo cual crea malestar y rechazo en quienes le rodean.

No digamos cuando se pone delante de un público y habla a voces o muy bajo o su elocución es demasiado nerviosa y rápida, comiéndose la mitad de las palabras, o su discurso está lleno de tics y muletillas. Aunque no lo parezca, el oído es un órgano tan sensible como la vista o quizás más. A lo largo de mi carrera, multitud de veces he sido reconocido por la voz, mucho tiempo después de aparecer en una serie televisiva, lo que al principio me producía un gran asombro. (Hay que tener en cuenta que el rostro de un actor puede experimentar profundos cambios; barbas, bigotes, peluquines, prótesis, maquillaje, peinados… No digamos una actriz).

El asombro inicial dejó paso a la constatación de que la voz es una seña de identidad muy profunda. Todos guardamos en nuestra sique imágenes visuales, sonoras, olfativas… de nuestros semejantes, la mayoría de ellas de forma inconsciente. Esto es porque la memoria que tiene un cuerpo es enorme y abarca a los cinco sentidos. Proust compuso los siete volúmenes de A la búsqueda del tiempo perdido gracias al sabor de una magdalena que lo remite a la infancia. Spinoza escribe “Nadie sabe la fuerza que tiene un cuerpo”. Poca gente es consciente de la importancia de una voz bien trabajada, no sólo en cuanto a la técnica (respiración, proyección, impostación) sino al ritmo, al tempo adecuado en que las palabras y las frases deben ser pronunciadas para que surtan un efecto seductor.

Una dicción y una elocución inadecuadas producen un efecto de rechazo en cualquier audiencia. De la misma manera que cuidamos nuestro aspecto corporal a la hora de ponernos delante del público, debemos asimismo ser conscientes de que no podemos hablar de cualquier manera.

Los actores son llamados también intérpretes y con razón. Para un actor, los parlamentos deben constituir una partitura musical que hay que interpretar, sabiendo que tan importante son las notas, como el tempo y los silencios. Es lo que llamamos “silencios significativos”. He trabajado con directores que en los ensayos dirigían de espaldas a los actores para aquilatar bien sus voces y tonos. Muchos de ellos afirman que las escuelas de teatro deberían impartir sólo técnica corporal y vocal. No andan muy descaminados en mi opinión. Las emociones y los sentimientos ni se aprenden ni se enseñan. Vienen de fábrica… ¿Y el talento? También viene de fábrica, aunque es posible que no sepas que lo tienes. Entonces necesitarás a alguien que lo descubra.

¿Alguna presencia escénica te ha producido rechazo? ¿Por qué? 

 

¿Crees que la voz es fundamental para adquirir presencia en el escenario?

 

Nos encantará leer tus palabras