-¿Tienes imaginación?

-No.

-¿Y memoria?

-Tampoco.

-¿Te consideras una persona inteligente?

-No demasiado.

…Y con estos mimbres, mes y medio después, se sorprendió a sí mismo pronunciando un discurso de media hora ante cientos de personas y sin ningún papel en que apoyarse. ¿Un milagro? En absoluto. Trabajo, Tiempo y un poco de Talento. Las tres T.

Mucho trabajo empleamos construyendo entre los dos el discurso, haciendo improvisaciones guiadas, como si fuera un actor. Es mi forma de trabajar. Pensar bien lo que se va a decir, estructurarlo y encontrar la elocución adecuada en tonos y matices así como dar con el ritmo apropiado. No hay ninguna diferencia entre el trabajo del actor y el del orador. (Cuando hablo de orador, uso el vocablo en su sentido más amplio que engloba, por supuesto, al orador propiamente dicho, al conferenciante, al opositor que debe rendir una prueba oral o a cualquiera que decida o necesite hablar en público). Ambos deben ensayar el tiempo necesario para que su intervención resulte un éxito.

Un ensayo es exactamente eso, una prueba que se basa fundamentalmente en el binomio acierto-error. Así de sencillo. Y de la misma manera que un actor, por muy grande que sea, necesita alguien que lo vea y juzgue, un orador debe ser igualmente supervisado por alguien que lo dirija. (Cuando hablo de grandes actores me refiero a actores de teatro de la talla de Vittorio Gassman, célebre por sus inteligentes monólogos y la recitación sutil y contenida de poetas excelsos. Una vez comentó la necesidad de ser dirigido en sus célebres monólogos. Recomiendo encarecidamente su interpretación natural del poema de Cesare Pavese Verrà la morte e avrà i tuoi occhi, Vendrá la muerte y tendrá tus ojos).

Cuando un actor me pregunta si puede introducir algún movimiento nuevo, un gesto distinto, una entonación diferente para dar más coloratura al personaje o insinuar alguna emoción que desea explorar, aunque yo crea que no se le acomoda o que no es pertinente, siempre contesto lo mismo: “Prueba”. Yo soy su mejor espejo. Un espejo que siempre le dirá la verdad y tomará la decisión que más convenga al personaje.

Cuando alguien, con quien estoy preparando un discurso, me dice que quiere introducir un cambio, le digo: “Prueba”. Mejor poner de más que no de menos. Ya habrá tiempo para recortar y afinar. Es fundamental darle al actor o al orador la posibilidad de hacer cambios porque eso contribuye a crear confianza en que al otro lado hay alguien que escucha con atención y juzga qué es lo mejor. No es posible tener una relación fructífera si no hay confianza. Una palabra clave. Quizás la única palabra imprescindible para definir la relación actor-director. Por eso es muy importante crear una red de seguridad alrededor del actor o del orador para que se sienta inmune e impune.

“Lo único que me basta para subirme a un escenario es tener la íntima certeza que la obra dice algo que me interesa comunicar, que puedo interpretar ese personaje, aunque sea diametralmente opuesto a lo que hice anteriormente, y confiar a ciegas en su director. Como todos los actores soy un ser frágil y vulnerable que lo disimula al vestirse de acero, aunque necesita, casi con desesperación, de la mirada ajena”.

Cate Blanchet

Es imposible juzgarse con equidad a sí mismo cuando se actúa. El actor tiende a minusvalorarse y a culparse. Conozco a muchos actores a los que les resulta un verdadero tormento verse en la pantalla grande o pequeña. Yo he aprendido a no machacarme la primera vez que veo un trabajo mío. Sé que no me voy a gustar nada y, como lo sé, espero un tiempo prudencial para verme por segunda vez y así poder juzgarme más objetivamente. Por eso un buen director deberá poseer ciertas habilidades sicológicas para saber cuándo hay que ejercer una cierta presión sobre el actor y cuándo no. La confianza mutua se crea en el trabajo conjunto y con el tiempo necesario para que el talento, poco o mucho, surja y fructifique.

No se requieren unas dotes especiales para hablar en público. (Asimismo estoy convencido de que tampoco se necesitan unas habilidades especiales para ser un buen actor). Todo es susceptible de ser trabajado. Sobre todo lo que se denomina pánico escénico que suele ser la piedra angular contra la que tanta gente se estrella, independientemente de que tenga talento o no. El pánico escénico también se trabaja y es, por tanto, susceptible de ser controlado. Es imposible eliminarlo del todo. No conozco ningún actor que no experimente nervios o ansiedad ante la proximidad de un estreno. Y si alguna vez me encuentro con un actor que me diga que no experimenta ningún tipo de ansiedad o nervios antes de subirse a un escenario, desconfiaré inmediatamente de él y comprobaré si se trata de un ciberactor, una réplica sin alma ni sentimientos.

Los nervios, en su justa medida, son positivos porque funcionan como palanca para tomar impulso. Los celos, en su justa medida, también son positivos porque actúan como un clarísimo indicador de que una persona determinada nos interesa de una forma especial.

Rebajar el pánico escénico a nervios escénicos es el trabajo fundamental del coach en oratoria.

Conseguir que un actor se sienta seguro, es la principal misión de un director.

-¿Alguna vez pensaste que podrías pronunciar un discurso de media hora sin papeles?

-Nunca. Pero una hora antes lo pasé muy mal. Me temblaban las piernas y me quería morir.

-Bueno, nada nuevo bajo el sol. Algo parecido me ocurría a mí al principio de mi carrera cuando estrenaba una obra.

-¿De verdad?

-Claro, lo que pasa es que, con el tiempo, he aprendido a controlarlo.  Trabajo y Tiempo.

-¿Y la otra T, el talento?

-Lo mejor será que veas el vídeo donde cuento una anécdota de Marlon Brando.

¿Qué te parecen las dos primeras T: trabajo y tiempo?