Este artículo tiene toda la pinta de acabar siendo como una bomba reconcentrada de distintas informaciones, aunque espero que no explote en ningún momento. Tocaremos un poco de filosofía, de semántica y de pragmática para abordar los juegos del lenguaje.

La pregunta que llevan años formulándose los lingüistas es: ¿Qué viene primero, el lenguaje o el pensamiento? Esta cuestión es similar a la del huevo y la gallina. De esta forma, la polémica ya está servida, por lo que habrá que adentrarse en arenas movedizas y recurrir a la filosofía.

Voy a abreviar un poco las teorías filosóficas. Para unos, el lenguaje tiene primacía sobre el pensamiento y configura la mente. Es decir, los sonidos y las palabras serían los motores de la creación del pensamiento. Para otros, el pensamiento surge antes del lenguaje. Esto es, las ideas darían lugar a expresar verbalmente lo que pasa por la mente. En mi humilde opinión (y no llego a ser experta en la materia), ambos son dos procesos paralelos, totalmente necesarios, y que solo entran en juego cuando se dan las condiciones precisas.

Resulta muy interesante plantearse el porqué de los nombres o zambullirse en el dilema de si existe una realidad al margen del lenguaje.

¿Por qué a una mesa se la llama mesa y no masa, mesa o musa? ¿En qué momento se acordó que a este mueble de cuatro patas se le llamara así? ¿Si no pudiera nombrar esta realidad utilizando una palabra determinada seguiría existiendo?

Hay una frase en El nombre de la rosa de Umberto Eco que dice:

Stat rosa pristina in nomine. Nomina nuda tenemus.

Permanece la rosa primera en el nombre. Solo poseemos los nombres desnudos.

Es decir, sin el nombre de “rosa” no existiría una flor que conocemos como rosa. Todo lo que existe en la realidad es susceptible de ser nombrado, incluso las abstracciones como el amor o la paz. Si no puede nombrarse es lógico suponer que no existe. ¿Cómo voy a señalar o mencionar una realidad que no existe?

Entonces, entran en juego la razón, el pensamiento y el lenguaje. En la antigua Grecia, la palabra “logos” se empleaba indistintamente para designar el concepto de “palabra” y de “razón”. De hecho, Aristóteles apelaba al “zoon lógon ekhon” o “zoon politikón” para reafirmar su idea de “hombre racional”. El ser humano es tal porque utiliza el lenguaje y por tanto piensa. Son dos actividades indisolubles.

¿Por qué me he detenido en explicar en esta larga introducción la relación del lenguaje con el pensamiento? Porque, el concepto de “los juegos de lenguaje” se debe a Wittgenstein, quien lo formuló en sus Investigaciones filosóficas y en su Tractatus. Para este autor, existe una pluralidad de juegos del lenguaje, mientras que Karl Otto Apel puntualiza que el único juego del lenguaje, que realmente es jugado por todos, es el que se atiene a las exigencias de la racionalidad. Por lo tanto, no podemos separar el juego de la razón ni del lenguaje.

Si lo pensamos fríamente, cualquier juego tiene unas reglas que están racionalizadas, aunque en estos participe también la casualidad, la suerte o el azar como en el fútbol o en las máquinas tragaperras.

Wittgenstein lo que hace es analizar las expresiones lingüísticas, se aparta del significado y de la lógica con la finalidad de adentrarse en el uso, en la práctica y en el contexto.

Expresiones como “dame uno azul”, “dame uno” o “dame tres de diez” cambiarán completamente de significado dependiendo de si estamos en una cafetería, en un estanco o ante cualquier vendedor.

Un juego del lenguaje es una actividad que se lleva a cabo en una comunidad lingüística. Estos juegos siempre van a estar regidos por una serie de normas que determinan el uso de dichas expresiones.

Últimamente, se ha puesto de moda traducir literalmente o adaptar dichos y refranes españoles al inglés. Así por ejemplo:

El gato se cayó al agua y se ahogó.

En inglés se dice:

The cat fell into the water and drowns.

El juego del lenguaje al que dio lugar fue:

The cat cataplún in the water and no more glú-glú-glú.

Este juego solo tiene validez en los países de habla hispana, porque será difícil que algún angloparlante entienda esta mezcolanza, a no ser que domine completamente nuestra lengua.

Otro refrán gracioso es:

De perdidos, al río.

Que en inglés se dice:

In for a penny, in for a pound.

Y se da el siguiente juego del lenguaje por traducción literal:

To the lost, to the river.

Que levante una mano el anglosajón o americano que lo entienda o que levante una mano el español que no sonría con estos dos ejemplos.

De esta forma, lo que se hace es cambiar la concepción rígida del significado por una más laxa y flexible, que estará determinada por el conjunto de hablantes de esa lengua.

Los hablantes son los que explotan las posibilidades del lenguaje, los que profundizan en sus diferentes significados y los que les otorgan un determinado sentido.

Por ejemplo, existe solamente en Málaga la palabra “piarda” para designar la acción de saltarse una clase y pocas personas en Sevilla, Madrid o Barcelona la entenderán porque para ellos será “pellas” o cualquier otra similar.

La pluralidad de juegos del lenguaje hace referencia a que el significado (o la falta del mismo), que se desprende de esta actividad, solo tiene validez en el mismo contexto en que se está utilizando, mientras que en otro contexto esta expresión no resultará oportuna o inteligible y carecerá de absoluto sentido.

Precisamente, Julio Cortázar en Rayuela juega constantemente con el lenguaje y con el lector. Para él, todo es una forma engañosa de ordenar el desorden. Gracias al juego y a la ruptura de las normas imperantes es capaz de extraer un nuevo orden, el suyo propio y particular. El protagonista es consciente de que las palabras le engañan y de que le llevan por un camino por el que él no quiere ir. Se atreve incluso a ir más allá y pone en tela de juicio la existencia de la propia realidad, aduciendo que esta le engaña, lo cual recuerda un poco a La vida es sueño, de Calderón de la Barca.

Cortázar rompe las reglas del juego para hallar la verdad. Las rompe cuando advierte al lector que hay tres modos de leer el libro, cuando plantea un tablero de dirección o cuando del capítulo 131 nos remite al 58 y de nuevo al 131. ¿Cuándo termina realmente la novela? Cuando el lector lo decide así. Por supuesto, no pueden faltar los continuos juegos del lenguaje.

En cuanto a las palabras, Cortázar afirmaba lo siguiente en Los premios:

“Esa toma de conciencia de las limitaciones lingüísticas de un escritor; el hecho de que el lenguaje es una herencia recibida, una herencia pasiva en la que él no ha tenido ninguna intervención. El lenguaje, la gramática, el diccionario, él nos recibe como recibe la educación que le dan su madre y su maestro”.

Por eso, transgrede contantemente el lenguaje, la ortografía y los significados:

“Yo ya no podía aceptar el diccionario, ni aceptar la gramática. Empecé a descubrir que la palabra corresponde por definición al pasado, es una cosa ya hecha que nosotros tenemos que utilizar para contar cosas y vivir que todavía no están hechas, que se están haciendo, el lenguaje no siempre es adecuado. Desde luego, eso es un poco la definición del escritor, en todo caso, del buen escritor. El buen escritor es ese hombre que modifica parcialmente un lenguaje. Es el caso de Joyce modificando una cierta manera de escribir el idioma inglés. Y los poetas, en general los poetas más que los prosistas, introducen toda clase de trasgresiones que hacen palidecer a los gramáticos y que luego son aceptadas y que entran en los diccionarios y entran en las gramáticas”.

Para él, las palabras son etiquetas que nos engañan. El único medio posible de alcanzar la verdad es mediante la risa y la burla.

¿Cuáles son los juegos del lenguaje que emplea?

 

Agrupa palabras:

“Si empezaba a tirar del ovillo iba a salir una hebra de lana, metros de lana, lanada, lanagnórisis, lanatúrner, lannapurna, lanatomía, lanata, lanatalidad, lanacionalidad, la lanaturalidad, la lana hasta la náusea pero nunca el ovillo”.

Desmenuza las palabras:

Pureza. Horrible palabra. Puré y después za.

Transgrede la ortografía:

“… y lo importante de este hejemplo es que el hángulo es terriblemente hagudo, hay que tener la nariz casi hadosada a la tela para que de golpe el montón de rayas sin sentido se convierta en el retrato de Francisco I o en la batalla de Sinigaglia, algo hincalificablemente hasombroso.

“El gran hasunto” o “la encrucijada”. Era suficiente para ponerse a reír y cebar otro mate con más ganas. Escribía, porjemplo: “La hunidad”, escribía Holiveira. “El hego y el hotro”. Usaba las haches como otros la penicilina. Después volvía más despacio al asunto, se sentía mejor. “Lo himportante es no hinflarse”. A partir de esos momentos se sentía capaz de pensar sin que las palabras le jugaran sucio”.

Pincha aquí para leer más sobre la transgresión de la ortografía.

Utiliza los paréntesis entre las palabras para jugar con el significado de las mismas:

“los pasajes donde la ló(gi)ca acababa ahorcándose con los cordones de las zapatillas, incapaz hasta de rechazar la incongruencia erigida en ley, evidenciaban la intención espeleologica de la obra”.

Es decir, la lógica solo es una loca lógica.

¿Solo en Cortázar podemos encontrar juegos del lenguaje? En absoluto, hay un autor español que es un maestro del doble sentido y del uso de la función metalingüística del lenguaje. Me refiero a Juan José Millás. En el artículo titulado “Ironías”, cuya lectura recomiendo, juega constantemente con los prefijos “pre-“ y “post-“:

“La recomendación tradicional de los padres (“hijo, debes formarte para estar preparado”) ha devenido en una ironía sangrienta, igual que la expresión “jamás hemos tenido una juventud tan preparada. En efecto, nunca hemos tenido una juventud tan cerca de quedarse en el paro; la mitad de los que acaben sus estudios este año se encuentran ya en situación de preparados. El significado se desliza por debajo de las palabras con el sigilo de una sombra asesina”.

Los prefijos pueden dar mucho juego y recientemente he estado pensando en la paradoja que se da entre “preocuparse” y “ocuparse”.

Ocuparse es la acción de emplearse en una tarea, asunto, ejercicio o pensamiento; mientras que (pre)ocuparse, siguiendo el razonamiento de Millás, sería ocuparse previamente al hecho de estar ocupado. Por lo tanto, ¿qué sentido tiene (pre)ocuparse antes de ocuparse? ¡Habría que ver la cantidad de tiempo que se malgasta y que se emplea en pensar más que en actuar! O, lo que es lo mismo, de qué sirve poner el parche antes de la herida.

¿Te ocupas o te preocupas?

 

¿Estamos más preparados que nunca para enfilar el paro?

 

¿Qué otros juegos del lenguaje conoces o se te ocurren?