Iba yo muy contento al primer ensayo de Calígula cuando, caminando por una larga acera hacia la entrada del magnífico edificio de la Escuela Superior de Arte Dramático de Málaga (ESAD) distingo, un poco más adelante, la rubia melena de una de las actrices del numeroso elenco (veinticinco actores en escena no es moco de pavo) en quien tengo puestas todas mis complacencias. En general, mis anuencias y complacencias las tengo puestas en todos y en cada uno de los actores y actrices que componen el reparto, ya que han sido elegidos con mimo durante un dilatado proceso de selección de más de tres meses.

El caso es que, llamarla y acelerar el paso, constituye una unidad de tiempo, que se acopla a la perfección con la sonrisa de reconocimiento de la actriz, que me espera educadamente mientras de su móvil sale una voz inconfundible, la suya, recitando la escena primera del acto cuarto en que tiene lugar el encuentro definitivo con Escipión para conjurarse contra el monstruo de Calígula. Es una escena muy importante de la que tengo, como siempre, una idea de cómo iniciarla pero no cómo terminarla, porque para eso están los actores con sus aciertos y sus equivocaciones. (Es muy habitual que un aparente error se convierta en todo un hallazgo que ilumine la escena y la resuelva. Solo hay que estar muy atentos). Nada más saludarla, le pregunto mientras emplea un cierto tiempo en apagar el móvil:

─¿Te aprendes los textos así, grabándolos?

─ Me los aprendo de todas las maneras posibles, pero grabarme facilita mucho la tarea.  Estoy en casa o caminando como ahora y me escucho.

─¿Y qué es lo que escuchas?

Una pequeña mueca en su rostro denota una sorpresa cierta:

Pues mi voz leyendo el texto. ¿Qué va a ser?

─¿En una primera lectura, supongo?

─Sí, claro, primera o segunda.

─ Quiero decir que, posiblemente, nada más tener el texto, lo lees bien leído, mides el alcance de tu personaje y te pones a grabar los parlamentos.

─Sí, hago una lectura muy minuciosa, (por cierto me ha encantado la obra, es buenísima) señalo las escenas en que intervengo, las leo para mí un par de veces y después las grabo y me las llevo conmigo a cualquier parte.

¿Y esa lectura inicial en voz alta es la que escucharás cientos de veces a lo largo del proceso de ensayos?

─Sí, hasta que tenga el texto bien cogido y no dude.

─Ya, pero, a medida que ensayes, irás cambiando la entonación, las pausas, las intenciones… según mis directrices y tus propuestas.

─Claro, eso espero.

─No tengo la menor duda, harás un gran trabajo, seguro pero…

─Pero… ¿Qué? ─pregunta, intrigada.

─Pues que te pones palos en las ruedas desde el principio.

─¿Cómo que me pongo palos en las ruedas?

─Claro, al grabar tus intervenciones, lo haces en vacío, sin movimientos, leyéndolas  con una determinada entonación que permanecerá así para siempre, fosilizada, mientras tú, en los ensayos, vas cambiando poco a poco, encontrando matices nuevos y resonancias diferentes, de manera que llegará un momento en que la grabación no tenga nada que ver con cómo dices el texto en vivo. Esto en el mejor de los casos. Porque en el peor…

─En el peor, ¿qué me puede pasar? ─pregunta francamente asustada.

─Pues que no lo cambies. Es decir que hayas viciado el texto, que inconscientemente lo digas con los mismos tonos que la grabación y todo sea una lucha inútil contigo misma y con el director, cada vez más cabreado porque no es capaz de sacarte los vicios.

O sea que me recomiendas que no grabe mis parlamentos.

─Exacto, evitarás así viciarlos. Es mucho mejor repetirlos una y otra vez en voz alta mientras estás en la cocina preparando un buen potaje o lavando platos, que es una acción mecánica y monótona que te permite recitar el texto hasta en los cerros de Úbeda. También lo puedes hacer caminando o mientras haces deporte, aún a riesgo de que te tomen por una loca que habla consigo misma en voz alta. La monotonía de los movimientos hará que, sin darte cuenta, vayas encontrando matices nuevos y pausas reveladoras que den profundidad a tu personaje.

Incluso es posible que, al equivocarme diciendo una frase en un orden distinto, encuentre, sin darme cuenta, el motivo de por qué se me resistía─ apunta con inteligencia.

 ─Claro, lo más probable es que la frase no estuviera bien construida del todo o fuera demasiado dificultosa y tu inconsciente, ayudado por la monotonía, ha encontrado la solución…

Esta escena, que acabo de narrar, guarda una familiaridad asombrosa con el proceso para construir y memorizar un discurso. Sustituyamos al actor por el orador y cualquier parecido no será, de ningún modo, pura coincidencia. Memorizar un discurso mediante la grabación implica negarse a los cambios, fosilizar un organismo que debe estar vivo, en movimiento. Todo cambia, dijo el viejo Heráclito. Si, en el teatro, la palabra tiene que estar enmarcada en el espacio y en el tiempo, en un discurso la palabra debe estar viva, sujeta al hallazgo y a la sorpresa, al descubrimiento y a la revelación.

Hace un par de semanas estuve en Niza presentado y debatiendo sobre La isla mínima, la excelente película de Alberto Rodríguez, en la que tuve el honor de participar. Desde el primer momento, me planteé la posibilidad de hablar en francés recurriendo lo menos posible a la traductora. Me pasé quince días escuchando la radio francesa, viendo canales franceses de televisión, construyendo frases que me sirvieran de apoyo, preparando el discurso y las posibles preguntas. El entrenamiento consistía en estar toda la mañana acostumbrando el oído, haciendo resucitar el vocabulario olvidado, que vino con una diligencia milagrosa, y acabar el trabajo hacia la una del mediodía en que me ponía las zapatillas de andar y allá que me iba yo con mi francés, construyendo y memorizando frases durante una hora de caminata.

Puedo asegurar que cada hora, que anduve, significó una conquista y una mejora hasta que el discurso quedó perfilado y sujeto, como siempre, a un espacio y a un tiempo que irremediablemente lo iban a cambiar. Y todo transcurrió como tenía que ser…

¿Te has grabado alguna vez para memorizar un discurso?

 

¿Cuál es el método que mejor te va para memorizar un texto?