Vamos a empezar por la palabra final del título, esfuerzo, porque de esa palabra arranca todo. Ser natural en la actuación o en un discurso significa que el público no debe notar ningún “sudor”. “Se le ve que está forzado” suele decirse de un actor o un orador que se empeña en no ser lo que es o no estar como debería. Pero ¿qué es ser natural? Si no conozco al actor o al orador, ¿cómo sé que actúa o se dirige a mí con naturalidad? Ahí está la madre del cordero. Menos es más. El público es un organismo vivo, muy sensible, que detecta con una intuición prodigiosa cuándo un actor le está mintiendo mal, cuándo un orador no es lo que dice o aparenta ser. El público es un observador muy fino de lo falso y lo impostado, de la exageración y del esfuerzo por querer agradar.

No hay nada peor que un orador al que se le note el esfuerzo por querer meterse al público en el bolsillo. Todo estará fuera de sitio, todo sonará a destiempo. (Exceptúo por supuesto la retórica política donde la demagogia es siempre bien recibida).

No hay nada peor que un actor al que se le nota que está actuando. El escenario es una especie de enorme lupa que todo lo magnifica. Por eso es imprescindible dar la sensación de que no se actúa, de que no hay ningún esfuerzo, de que las palabras van surgiendo a medida que se van pensando.

No hay que hacer teatro cuando se actúa, no hay que forzar nada cuando se habla a un auditorio. Parece una contradicción pero es así. Muchas veces, al dirigir actores, les digo que no actúen, que no hagan teatro, del malo se entiende, porque el teatro bueno jamás parecerá teatral. Entonces ¿dónde queda el necesario artificio, la técnica, los trucos, para reír o llorar? Por debajo de la actuación. Un orador no debe nunca mostrar ni hacer alarde de los trucos oratorios, de la misma manera que un mago no debe mostrar cómo hace salir un conejo de la chistera. Un buen mago, lo mismo que un buen actor o un orador convincente, mostrará siempre el resultado, jamás el proceso. Y para eso es fundamental no hacer ostentación. Olvidarse de lo más y quedarse con lo menos. Dosificar el esfuerzo para que no aparezca nunca el sudor.

Hay muchos actores que sobreactúan, es decir, que acumulan muchos gestos o actitudes a la hora de componer un personaje. Craso error. Más vale un solo gesto, bien hecho y a tiempo, que no un sinfín de ellos. Jamás hay que saturar al espectador. Un actor no debe nunca parar de actuar, pero eso no significa que deba estar continuamente poniendo poses y haciendo visages. Muchas veces basta con mirar y escuchar, como si fuera la primera vez, lo que dicen los demás personajes.

Un orador deber pronunciar un discurso convincente, pero eso no significa que use todas las figuras retóricas. La selección es enemiga de la acumulación, como la naturalidad lo es del exceso.

Una vez asistí a una clase magistral de una actriz italiana, perteneciente a un grupo de teatro famosísimo en el mundo entero por sus vanguardistas y elaboradísimos montajes. Me llamó mucho la atención que lo primero que hizo fue abrir un cuaderno de notas, depositarlo en el suelo, sacarse el reloj y ponerlo a guisa de marcador de páginas. “Mal empezamos”, pensé. Después realizó un despliegue técnico asombroso, en cuanto al uso de la voz y el cuerpo, para acabar ofreciéndonos una actuación de cinco minutos donde aplicaba todas sus habilidades. Su actuación me dejó completamente frío como un témpano. No había vida. Había ostentación y esfuerzo, mucho esfuerzo porque se notara el despliegue técnico. No había aire, todo estaba saturado.

En un discurso, en una actuación, es fundamental permitir que el aire pase por entre las palabras y los gestos. No se trata de ser brillante siempre. Lo peor que le puede ocurrir a un escritor es construir párrafos perfectos. Hay que tener mucho cuidado con el párrafo brillante o la frase feliz porque lo más normal es que se carguen el ritmo. A veces me pasa cuando escribo.

Intento salvar la frase o el párrafo, pero al final me doy cuenta de que estoy sacrificando toda una página y eso no puede ser. El esfuerzo, la técnica jamás deben notarse. Son los andamios y todos sabemos que, cuando se acaba un edificio, los andamios se retiran, como sabiamente dice el Tao del actor:

“Ninguna actuación es buena cuando refleja el esfuerzo.

Ninguna estatua es buena cuando refleja el sudor.

Ningún cuadro es bueno cuando refleja la técnica.

El esfuerzo y la técnica son los andamios de la obra de arte.

Una vez acabada la obra de arte, los andamios deben ser retirados con prontitud.

Sin los andamios, una obra de arte será perfecta.

Será perfecta porque se ve ella misma por sí misma”.

Pues eso.

¿Estás de acuerdo con el Tao del actor?