El origen de la palabra escuela

 

Dicen que las armas las carga el diablo. Pues las palabras también. Incluso las más inocentes y benéficas, como es la palabra escuela. ¿Quién nos iba a decir que la educativa y formativa escuela pudiera encerrar, en lo más recóndito de su origen, palos, varas y palmetas como armas para castigar a los pobres niños?

La letra con sangre entra”, decían los sanguinarios preceptores antiguos y lo decían con gran conocimiento de causa. Las primeras prácticas de castigos físicos se dieron, con mucha premeditación y descarada alevosía, en Babilonia, la Antigua Grecia, en Roma, el Antiguo Egipto y en el Reino de Israel, como procesos judiciales y disciplina educativa.

Algunos estados ganaron fama de ser muy crueles con los castigos. En Esparta, sempiterna rival de Atenas, se aplicaban castigos físicos como método diseñado para desarrollar la fuerza de voluntad y la fuerza física a los niños sanos, porque, a los insanos y defectuosos, los despeñaban por el monte Taigeto sin el más mínimo sentido de culpa.

En la Europa medieval, el castigo físico era fomentado por las actitudes de la iglesia hacia el cuerpo humano, siendo la flagelación un medio de autodisciplina. Aún recuerdo con horror la vez que me dio por visitar el museo de los horrores de la Santísima Inquisición, infestado de aparatos de tortura a cual más cruel y espantoso.

En particular, esto tuvo una mayor influencia en las escuelas, dependientes de la iglesia”, dice con gran candidez la Wikipedia. Dudo mucho que en aquella época hubiera una escuela privada o estatal que no dependiera de la Iglesia, fuera católica o protestante, porque, a la más mínima desviación, el fuego terrenal y abrasador de la hoguera enviaba, ceniciento e irreconocible, al fuego eterno a cualquier hereje que se les pusiera a tiro, como al pobre Miguel Servet, el español descubridor de la doble circulación de la sangre, que fue quemado dos veces; una, in absentia, o sea, simbólicamente, porque escapó de las mazmorras del tribunal de la Inquisición y la otra, la definitiva, por los calvinistas de Ginebra.

La cosa no paró en el Siglo de las Luces, no lo suficientemente encendidas en el respeto a los niños, si bien ya había barruntos de una nueva actitud, como lo demuestra el señor Jonathan Swift, autor de Los viajes de Gulliver en un sarcástico opúsculo titulado: Una modesta proposición, donde habla de la mejor manera de eliminar a los niños pobres irlandeses mediante suculentas recetas de cocina.

Parece que el asunto de los castigos corporales en la escuela empieza a disminuir en el siglo XIX, en la parte más civilizada del mundo, es decir, muy poca; algo de Europa y algo de Norteamérica, hasta llegar al siglo XX, donde están prácticamente prohibidos en casi toda Europa, (los educados ingleses se resistieron con bastante ahínco a abandonar la flagelación, con gráciles varas, de las nalgas infantiles, a las que siempre dedicaron un particular interés y una desmedida inclinación). En cuanto a la proporción con el resto del mundo, aún hoy es bastante reducida, ya que todavía se permite castigar físicamente a los niños en el 87 por ciento de los países.

A mediados del siglo XX, el que esto suscribe estuvo exactamente al cincuenta por ciento. Tuve dos maestros, el bueno, Don Juan, alto y guapo, que no castigaba, y el otro, de cuyo nombre no quiero acordarme, quien, más de una vez, hizo que juntara los deditos de mi mano hacia arriba para depositar en ellos un lindo palmetazo. También me cogía de mis tiernas orejillas hacia arriba para asegurarse, supongo, que crecía en sabiduría y conocimiento ante los ojos de Dios o practicaba, cual avezado torturador chino, la otra modalidad de agarrarme de las patillas con los mismos fines epistemológicos.

Nada incoherente con la etimología de escuela, porque, aunque os parezca mentira, la palabra escuela deriva de palo. La palabra griega skolos significa precisamente “estaca, palo” y el adjetivo que se deriva del sustantivo infame, skolios siginifica, “oblicuo, tortuoso”, de ahí escoliosis, que es una desviación de columna.

¿Qué? ¿Cómo os habéis quedado, queridos míos y queridas mías?

La escuela, como lugar apacible y paradisíaco, puerta del conocimiento, luz de la bonhomía y faro de los buenos sentimientos, se nos viene abajo con un origen tan infamante.

Claro que alguien me podrá decir: “Hay otra palabra griega, muy próxima, escolión que significa “canción de mesa, de ahí, escolanía”. Muy bien, le respondería yo, pero ten en cuenta cómo se cantaban antiguamente las canciones de mesa dirigidas por un palo, ahora refinado en batuta de orquesta. Y ya, para rematar la faena etimológica, añadiría: “Si continuas leyendo el diccionario griego, en la página siguiente con la O de omega, no de omicrón, verás la palabra eskolex que significa “gusano”.

¿Qué te parece el origen de la palabra escuela?