Historia de un debate televisivo

 

Voy a arriesgarme un poco con la siguiente afirmación. Crear significa arriesgarse y arriesgarse implica romper de vez en cuando todos los espejos. Tener un punto de originalidad es suficiente. No hace falta ser rabiosamente original porque, entre otras cosas, es imposible. De la misma forma que la energía no se crea ni se destruye sino que se transforma, en arte nada se crea de la nada. En cierta manera todo está ya dicho pero… son tan importantes los matices, las combinaciones. En el fondo, cualquier innovación no deja de ser una variación sobre algo que ya existe.

Hay artistas que pintan siempre el mismo cuadro, escritores que escriben la misma novela, directores que filman una y otra vez la película de siempre. Parece que cuando triunfaron con su creación primera, le pusieron un espejo delante y a partir de ahí no hicieron otra cosa que copiarse a sí mismos. (No tiene nada que ver con tener un estilo, porque el estilo, lo mismo que la originalidad, no se busca, se encuentra).

Lo importante es tener la voluntad de riesgo, salirse de los caminos trillados. Todos los espejos son previsibles. Si hay algo de lo que estoy completamente seguro es de que, si me pongo delante de un espejo, esté devolverá mi imagen. No cabe la sorpresa.

¿Os imagináis que, al poneros delante de un espejo, aparecierais exactamente vosotros, pero vestidos de una manera diferente? ¡Vaya sorpresa! ¡Me pongo delante del espejo con mi pijama favorito y el espejo me devuelve mi imagen llevando un elegante smoking o un escotadísimo vestido de noche!

Sorpresa es la palabra clave en un discurso. Pensemos, por ejemplo, en la publicidad  o en la política, dos actividades muy próximas, dicho sea esto sin la más mínima ironía. Es una simple constatación. De la misma manera que la publicidad usa muchas herramientas  de la poesía, la política usa muchas herramientas publicitarias. Se trata de vender bien un mensaje que cale en la ciudadanía y sea diferente a los demás.

Yes, we can de Obama triunfó, porque rompió con todos los moldes. Era un lema novedoso, pero extraordinariamente sencillo.

En mi trabajo como coach en oratoria procuro pactar siempre con el cliente un cierto riesgo, bien medido por supuesto, para que su discurso destaque del resto. La sorpresa rompe el espejo de lo previsible y llama la atención. De eso se trata.

Si todo es igual, si los espejos reflejan solo espejos, si los discursos son previsibles hasta la última coma, si los tonos son los mismos, las actitudes idénticas, las posturas análogas, los mensajes similares, el público, los consumidores o la ciudadanía, se aburrirá y desertará de la película, la obra de teatro, el producto o el partido político.

Todos, lo confesemos o no, llevamos un niño dentro que se enfurruña mucho cuando se aburre. Un niño, mal que bien, puede comer algo que no le guste mucho si la madre o el padre son pacientes, pero, si se aburre, no hay padre ni madre que aguante a un niño aburrido sin hacer algo por sacarlo del aburrimiento.

¿Por qué un debate político entre cuatro candidatos concitó una audiencia histórica de más de nueve millones de telespectadores, equivalente a la que se registra en una final de la selección española de fútbol?

Muy simple. Porque los organizadores del evento anunciaron a bombo y platillo que iban a romper todos los moldes, todos los espejos que aburridamente, hasta ese momento, los debates anteriores habían reflejado con todo pactado previamente; los tiempos, los temas, las preguntas. Repetición ad libitum. Espejo que, al reflejarse a sí mismo, solo transmite vacío. Sin embargo, en este debate casi nada fue igual. Todo parecía nuevo. Lo cual significa que, ya de principio, todos los que estuvieron, ganaron, porque todos se volvieron novedosos y sorprendentes. Periodistas y candidatos.

Los ingredientes eran, más o menos, los mismos; unos periodistas que preguntan y unos candidatos que responden, pero, al cambiar el formato, la estructura, todo se hizo atractivo. El resultado así lo atestigua. Por lo que he leído, no hubo decepción. El debate cumplió con las expectativas, es decir, se produjo la sorpresa.

Uno de los elementos fundamentales es que consiguió transmitir la idea de que los candidatos iban “desnudos”, “nuevos” sin los “trajes” habituales de la artificiosidad, el envaramiento, la rigidez. No tenían ningún elemento físico con que cubrirse; mesa, silla, atril. Los pudimos ver nerviosos a todos al principio, lo que los hizo más cercanos, más humanos, más como nosotros. El espejo no eran ellos con sus asesores y sus discursos memorizados hasta la extenuación. El espejo era la audiencia que no tenía espejo y era real. Ellos frente a nosotros, sin nada en medio que los protegiese. Los pudimos ver al principio con sus discursos iniciales aprendidos como punto de partida, cosa lógica por otro lado, porque sabían, sabíamos, que ese pequeño truco era necesario para calmar los nervios y prepararse para lanzarse a la mar abierta, arriesgándose a las réplicas y contrarréplicas. Los entendí perfectamente.

Como actor, el día del estreno siempre uso el mismo truco para atemperar el imprescindible nerviosismo. Repito como un mantra el primer parlamento y, una vez en escena, procuro decir las primeras frases con un ritmo más lento que en los ensayos, para coger confianza y lanzarme después a la velocidad de crucero. Una de las leyes fundamentales de la comunicación es que un discurso, mientras más previsible es, menos sorpresa tiene y, por lo tanto, menos carga informativa aporta. El índice informativo está directamente relacionado con lo novedoso e inesperado.

Lo que vino después, te lo dejo a ti. Es lógico que uno tenga, en función de su ideario político, un candidato favorito y, por lo tanto, se muestre más favorable a sus intervenciones, pero, si eres capaz de salir de tu esquema ideológico y quieres realmente saber quién ganó el debate, pregúntate quién te resultó más sorprendente, quien rompió con más fuerza el espejo de lo previsible.

¿Qué te pareció el debate a cuatro? 

 

¿Se salió de lo previsible?