El trabajo invisible.

En teatro, como en arte, no cuenta el proceso sino el resultado. En un discurso sucede lo mismo. Por eso, desde mi punto de vista, es muy necesario un trabajo continuado y persistente por parte del director que quede oculto tras el resultado, sea el estreno de una obra o un discurso. El director y el coach deben desaparecer una vez acaba su labor. Un trabajo invisible. Pero antes no deben dejar nada a la improvisación para que el actor o el orador se sientan cómodos y conscientes de que han hecho todo lo posible. Un trabajo exacto y preciso, en el espacio y en el tiempo. Tan malo es subirse a un escenario sin los ensayos necesarios como lo contrario, con más ensayos de la cuenta. Ese es uno de los cometidos más importantes en un director, saber cuándo la obra está lista, o de un coach, percatarse de cuándo un discurso no requiere más trabajo. No dejar nada a la improvisación significa, aunque parezca contradictorio, estar preparado para la sorpresa, para el azar. Cada representación es distinta. Cada vez que se pronuncia un discurso, aunque sea el mismo, uno debe adecuarlo siempre al público que tiene delante.

El otro día, a propósito de Calígula, mi próximo montaje, estuve hablando con un director amigo, al que tengo el honor y el placer de dirigir, sobre cuál es el método más adecuado en la dirección de actores. En cierta medida, estamos en las antípodas. Él es más flexible y partidario de la colaboración, de un cierto igualitarismo, matizado por supuesto, y yo soy muy poco dado a la democracia artística. Incluso me consta que tengo fama de ser un director meticuloso y exigente, lo cual no quita para que después me pueda tomar una cerveza con el lucero del alba. Es más, cada vez que me meto un ensayo de cuatro o cinco horas, necesito perentoriamente descomprimirme y charlar con los actores sobre lo divino y lo humano.

(El fútbol es un tema socorridísimo pero, por desgracia, bastante inusual, ya que la parte femenina del elenco y del equipo técnico, todas son mujeres, no son muy proclives a messis y ronaldos. La política también es un buen tema para relajarse, pero ese lo uso cuando estoy a solas conmigo mismo y pongo la radio para escuchar los lugares comunes y los análisis seudoprofundos de los tertulianos que siempre cojean del mismo lado).

A pesar de nuestro desacuerdo, convinimos los dos en que no se puede dirigir en contra de la propia biografía, como tampoco se puede ir contra la personalidad del actor. “Ca uno e ca uno” se dice en Málaga. Cuando se crea, es irremediable mostrarse tal y como se es. La creación exige tanto derroche de energía, provoca tanto desgaste que, si además uno tiene que impostar un carácter, la tarea sería titánica e imposible. Se dirige desde el temperamento, se actúa o se pronuncia un discurso desde lo que uno es. Otra cosa bien distinta son las estrategias a utilizar. Dar confianza al actor o al orador es la madre de todas las estrategias. A veces es mejor no corregir a un actor cuando lo está haciendo mal, porque es un paso necesario para que gane en seguridad. Otras veces, es mejor cortar por lo sano para impedir que el actor vaya por un camino equivocado y se despeñe.

Lo realmente esencial es que haya una dirección de actores sin que la mano del director aparezca en primer plano. Asimismo el coach debe desaparecer absolutamente. Si se detecta su presencia, mal vamos. El orador debe ser siempre él mismo. Tiene que dar la impresión de que no ha habido nadie detrás. De la misma manera que el director, partiendo de lo que el actor le ofrece con su cuerpo, su temperamento y sus actitudes, lo va modificando para que vuelva a ser él mismo pero de otra manera, el trabajo de un coach debe respetar la personalidad del orador dando realce a sus virtudes y ocultando sus defectos. Un trabajo invisible.

¿Estás de acuerdo con que el trabajo del director o del coach tiene que ser invisible?

 

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