Sor Juana Inés de la Cruz (1648​- 1695)

Una monja adelantada a su tiempo

Y tanto porque de casta le viene al galgo. Juana Inés nació en un oscuro lugar llamado “la celda” (¿Una premonición?) en la región de Chalco, Nueva España, después conocida como México. Lo importante no es esto, sino que su madre, al poco tiempo de nacer ella, se separó de su esposo y tuvo tres hijos más de otro varón con el que no se casó. Algunos críticos más o menos pudorosos hablan de cierta “laxitud en la moral sexual de la colonia”.

El caso es que Juana Inés siempre hizo de su capa un sayo o un hábito, −en el doble sentido−. Como su madre. Aprendió a escribir y a leer a muy temprana edad, experimentando una intensísima vocación intelectual. Se empapó de todo cuanto era conocido en su época leyendo a los clásicos griegos y romanos, y la teología del momento. Como a las mujeres, en aquella época, no les estaba permitido acceder a la universidad, intentó convencer a su madre de que la enviase  a la sacrosanta y viril institución disfrazada de hombre, cosa que no consiguió.

Y entonces se metió a monja, pero no en cualquier orden. Buscó la que más le convenía a sus intereses, la orden jerónima, porque era más laxa y abierta que otras órdenes en orden a permitirle a Juana Inés dedicarse a sus estudios, tener a su disposición un par de celdas bien acomodadas con sus correspondiente servidumbre y recibir a intelectuales para departir con ellos sobre lo divino y lo humano. Supo rodearse de poderosos protectores como obispos y virreyes. (De virreyes de México algo me sé cuando tuve que interpretar a uno de ellos en una película que rodé en su tierra).

De hecho fue el obispo de Yucatán quien publicó su obra en España. Escribió de todo, prosa, comedias, (publicó una “Segunda Celestina) autos sacramentales, poesías siendo una de las representantes más importantes del barroco tardío. En cuanto a la poesía es evidente que sus referentes fueron mi admirado Quevedo y, sobre todo, el denostado Góngora, por parte de Quevedo, que no por mí.

Desde que inicié estos Vídeopoemas, tuve en mi mente interpretar Hombres necios, no porque me solidarice con ellos (toda mi vida es un esfuerzo por abandonar la necedad como escribió otra rebelde, Marguerite Yourcenar), sino porque me parece de una gran perfección formal con una estructura basada en la antítesis y el contraste y gran hondura sicológica.

Uno de los tópicos del hombre con respecto a la mujer es achacarle su inconsistencia y sus contradicciones. Pues bien Sor Juan Inés nos devuelve la pelota y nos mete un gol por toda la escuadra. ¡Que os aproveche a vosotras y nos aproveche a nosotros!

Vídeopoema: Hombres necios

Nota: Falta un par de estrofas que tuve que suprimir por cuestión de tiempo en el visionado.

Adjunto el poema entero:

Hombres necios que acusáis

a la mujer sin razón,

sin ver que sois la ocasión

de lo mismo que culpáis.

Si con ansia sin igual

solicitáis su desdén,

¿por qué queréis que obren bien

si las incitáis al mal?

Combatís su resistencia

y luego con gravedad

decís que fue liviandad

lo que hizo la diligencia.

Parecer quiere el denuedo

de vuestro parecer loco

al niño que pone el coco

y luego le tiene miedo.

Queréis con presunción necia

hallar a la que buscáis,

para pretendida, Tais,

y en la posesión, Lucrecia.

¿Qué humor puede ser más raro

que el que, falto de consejo,

él mismo empaña el espejo

y siente que no esté claro?

Con el favor y el desdén

tenéis condición igual,

quejándoos, si os tratan mal,

burlándoos, si os quieren bien.

Opinión ninguna gana,

pues la que más se recata,

si no os admite, es ingrata,

y si os admite, es liviana.

Siempre tan necios andáis

que con desigual nivel

a una culpáis por cruel

y a otra por fácil culpáis.

¿Pues cómo ha de estar templada

la que vuestro amor pretende,

si la que es ingrata ofende

y la que es fácil enfada?

Mas entre el enfado y pena

que vuestro gusto refiere,

bien haya la que no os quiere

y queja enhorabuena.

Dan vuestras amantes penas

a sus libertades alas

y después de hacerlas malas

las queréis hallar muy buenas.

¿Cuál mayor culpa ha tenido

en una pasión errada:

la que cae de rogada

o el que ruega de caído?

¿O cuál es más de culpar,

aunque cualquiera mal haga:

la que peca por la paga

o el que paga por pecar?

¿Pues para qué os espantáis

de la culpa que tenéis?

Queredlas cual las hacéis

o hacedlas cual las buscáis.

Dejad de solicitar

y después con más razón

acusaréis la afición

de la que os fuere a rogar.

Bien con muchas armas fundo

que lidia vuestra arrogancia,

pues en promesa e instancia

juntáis diablo, carne y mundo.

¿Qué te parece este poema de Sor Juana Inés de la Cruz? ¿Lo conocías?